Cuando miras al cielo estrellado o sientes el calor abrasador del sol en la cara, experimentas exactamente lo mismo que aquellos hombres y mujeres de hace miles de años frente a la inmensidad del desierto egipcio. Buscamos respuestas en la oscuridad inescrutable, necesitamos nombrar lo desconocido para perderle el miedo visceral que nos produce. Los antiguos habitantes de las riberas del Nilo sentían esta misma urgencia vital al intentar imaginar el principio de todo.
La definición del panteón
La Enéada es el grupo fundamental de nueve deidades de la mitología del antiguo Egipto (originarias de la antigua ciudad de Heliópolis) que encarnan las fuerzas primordiales de la creación, la vida, la tierra, el cielo y la muerte.
Como casi toda nuestra lengua clásica proviene del latín o de su hermana mayor, esta vez tampoco haremos una excepción. Miremos a nuestra lengua abuela: el griego. La palabra «ennéa» significa nueve, y el sufijo hace alusión a un conjunto cerrado. Así, este término se refiere a los nueve grandes dioses que sostienen el peso mítico del universo faraónico.
La mitología egipcia, igual que tantas otras tradiciones antiguas, posee una riqueza apabullante. Vemos en sus historias reflejos de nuestros propios miedos modernos. Veamos cómo empezó el mundo según ellos.
El comienzo de todo y el dios Ra-Atum
La oscuridad y el silencio absoluto gobernaban sobre las aguas infinitas del caos. Este abismo inescrutable recibía el nombre de Nun. En esas oscuras aguas se encontraba el espíritu del creador, dormido, latente, esperando su momento para despertar. Existen tres versiones principales sobre este amanecer de la existencia, una muestra clara de lo compleja y rica que era la imaginación de este pueblo.
La primera versión narra cómo un pequeño monte de arena se fue elevando poco a poco de las aguas turbulentas, a pura semejanza de lo que ocurría en el propio Egipto tras las crecidas del río Nilo. Ese monte fue el primer fragmento de tierra firme donde el dios creador pudo tomar forma. Lo hizo mediante un ave fénix (el sagrado pájaro Bennu) con un plumaje deslumbrante color fuego, ardiendo sobre la cima seca. El pájaro lloró, y ese primer llanto rompió el silencio eterno, produciendo el primer sonido del cosmos.
La segunda versión nos habla de ocho criaturas primigenias. Tenían cabeza de rana y de serpiente, y nadaban sin rumbo en las aguas del caos antes de la creación del mismísimo tiempo. Formaban la famosa Ogdóada: dos dioses del abismo acuático, otro par representando el espacio infinito, otros dos encarnando la oscuridad y un último par que simbolizaba lo invisible. Nadaron juntos, entre remolinos eternos, hasta que formaron un gran huevo cósmico. El creador empolló aquel cascarón. Algunas voces antiguas cuentan que la supervivencia del huevo primitivo fue gracias a un ganso divino que lo custodió durante siglos, hasta que surgió el fénix y las mitades rotas del cascarón separaron las aguas. En ese pequeño hueco de orden, el creador pudo trabajar al fin.
La tercera leyenda relata cómo el primer loto surgió tímidamente del abismo, abrió sus brillantes pétalos dorados y mostró en su interior a un dios niño. Un perfume embriagador y dulce se extendió por las aguas, y una luz deslumbrante brotó del cuerpo de la deidad, desterrando para siempre a la oscuridad del universo. Ese joven dios era el Sol.
El sol era el origen irrefutable de la vida, pero por las noches el loto se ocultaba bajo el agua hasta el siguiente amanecer. Durante esas horas nocturnas volvían las tinieblas y gobernaba la anarquía. Las fuerzas de la destrucción y del orden empezaron una guerra brutal que nunca terminará.
El viaje por la Duat y el miedo humano a la noche
Ese ciclo de luz y oscuridad esconde una de las metáforas más hermosas y aterradoras de la experiencia humana. Los egipcios creían que, al ponerse el sol, Ra-Atum emprendía un viaje suicida en su barca solar a través de la Duat (el inframundo). Cada noche, el dios viejo y cansado debía cruzar doce regiones plagadas de demonios, almas en pena y trampas insalvables. Su mayor enemigo esperaba en la sombra: Apofis, una serpiente gigante que encarnaba el caos puro y cuyo único deseo era devorar el sol para que el día nunca volviera a brillar.
¿No te resulta familiar esta angustia? Todos hemos atravesado nuestra propia Duat. Son esas noches oscuras del alma en las que la ansiedad nos devora, en las que el futuro parece un agujero negro y la serpiente de nuestros propios miedos amenaza con tragarnos enteros. El triunfo diario de Ra-Atum al amanecer, tras derrotar a Apofis, no era solo un fenómeno astronómico (era una promesa de esperanza). Una garantía divina de que el orden siempre terminará prevaleciendo sobre el caos, una victoria que da sentido al sufrimiento.
Pensamientos, soledad y la creación del mundo
En cualquiera de las tres versiones iniciales que hemos visto, un elemento central lo inunda todo: la profunda y dolorosa soledad del creador. Llegó a un punto de melancolía tan desesperado que sus propios pensamientos se condensaron hasta convertirse en nuevos dioses y en la materia tangible del universo. Una vez que dio forma mental a todas esas ideas, les insufló vida tras nombrarlas en voz alta. Los pensamientos y las palabras habladas constituyeron el verdadero motor mecánico de la creación.
El creador, llamado Ra-Atum, tuvo una crisis con sus hijos iniciales: Shu, el dios del aire, y Tefnet, la diosa de la humedad. Tras un distanciamiento doloroso, Ra-Atum volvió a hundirse en su terrible soledad al ver que los dos jóvenes dioses se perdieron en la inmensidad de las aguas del caos. Para encontrarlos, el dios sol arrancó un ojo de su propia cara, lo llamó Hathor (su hija) y la envió a buscar a sus hermanos perdidos. Hathor rastreó el abismo con éxito y regresó victoriosa con Shu y Tefnet. Ra-Atum lloró de una alegría incontrolable.
Como recompensa por el trabajo impecable de la diosa, su padre le dio forma de cobra real (el Uraeus) y la colocó sobre su frente con la solemne promesa de que ella tendría poder absoluto sobre todos sus enemigos y que los seres vivos la respetarían por toda la eternidad. Ra-Atum abrazó con fuerza a sus hijos, su espíritu ígneo se introdujo en ellos y logró que compartieran la divinidad inmortal de su padre.
La Enéada y los nueve dioses del panteón
Shu y Tefnet se profesaban un amor inconmensurable y pronto tuvieron gemelos: Geb, el sólido dios de la tierra, y Nut, la etérea diosa del cielo estrellado. Los nietos de Ra-Atum se querían tanto entre ellos que se mantuvieron abrazados de forma ininterrumpida durante siglos. Estaban tan unidos, fundidos el uno con el otro, que no dejaban ni un milímetro de espacio entre la tierra y el cielo para que pudiera surgir la vida material.
El dios primordial, celoso hasta la médula de la unión física de Geb y Nut, ordenó tajantemente a Shu que los separara. El dios del aire obedeció a su padre: elevó a la joven Nut en las palmas de sus manos, alzándola por la fuerza y alejándola del cuerpo sufriente de su hermano Geb. Los dos amantes intentaron acercarse de mil maneras, pero el invisible muro de Shu se lo impedía de forma tajante. Y por si el dolor fuera poco, Ra-Atum maldijo a Nut, que estaba embarazada, con una sentencia cruel: no podría dar a luz en ningún solo día del año establecido.
Otro dios fascinante que surgió de la voluntad de Ra-Atum era Thot, la deidad con cabeza de ibis, señor de la escritura y el más sabio de todo el panteón. Al ver la desgracia, decidió ayudar a la desdichada Nut, quien se arqueaba pesadamente sobre el firmamento con el vientre a punto de estallar. El dios sabio inventó un juego de tablero para apostar fragmentos de luz de luna contra otros dioses menores. Partida tras partida, arrebatando fracciones de tiempo a sus rivales, consiguió acumular luz suficiente para crear cinco días enteros.
Como el dios primordial había diseñado el calendario con apenas trescientos sesenta días exactos, Thot añadió astutamente esos cinco días extras al final del calendario. Esos días robados escapaban a la jurisdicción de la maldición de Ra-Atum, y gracias a esa grieta legal, Nut pudo dar a luz por fin.
El primer día tuvo a Osiris; el segundo, a Haroeris (el Horus viejo); el tercero, a Seth; el cuarto, a Isis; y el quinto día nació Neftis. Osiris e Isis se habían enamorado ya desde el vientre materno, enredados en la oscuridad, y se casaron nada más nacer. Seth y Neftis también contrajeron matrimonio, pero entre ellos jamás existió el afecto ni el respeto mutuo.
Isis era increíblemente valiente, dueña de una inteligencia letal, patrona de lo oculto y (si me apuras a usar un término moderno algo cómico) una auténtica jefa de la mafia divina capaz de extorsionar al mismísimo dios sol para conseguir sus objetivos. Neftis, por su parte, era dulce, melancólica y leal. Seth poseía cabeza de bestia del desierto; era de naturaleza mezquina, cruel y avara. Ese resentimiento oscuro lo devoraba por dentro, alimentando un odio visceral hacia Osiris por el simple hecho de haber nacido primero y estar destinado por derecho a gobernar las tierras fértiles de Egipto.
El creador dio vida a docenas de entidades, espíritus protectores, demonios castigadores y deidades locales a lo largo de los milenios. Aun así, los nueve grandes pilares que recibieron el nombre de Enéada heliopolitana fueron siempre: Ra-Atum, Shu, Tefnet, Geb, Nut, Osiris, Isis, Seth y Neftis.
El conflicto fraterno y el asesinato de Osiris
La paz entre estos nuevos dioses duró muy poco. El odio de Seth cristalizó en uno de los dramas familiares más sangrientos de la historia de las religiones. Mediante un engaño atroz, Seth asesinó a Osiris, lo despedazó en catorce trozos y esparció sus restos por todo el valle del Nilo para asegurarse de que jamás pudiera resucitar.
Aquí entra en juego la tenacidad humana reflejada en los dioses. Isis, desolada pero implacable, recorrió el mundo entero buscando los pedazos de su amado esposo. Con la ayuda de la dulce Neftis y del dios chacal Anubis, unió los fragmentos y usó todo su poder mágico para devolverle la vida el tiempo justo para concebir un hijo: el dios halcón Horus. Osiris, al no estar completo ni pertenecer ya al mundo de los vivos, se vio obligado a descender para reinar sobre el oscuro mundo de los muertos, convirtiéndose en el juez supremo de las almas. Este mito nos enseña algo brutalmente honesto sobre la condición mortal: la envidia destruye imperios, pero el amor y la memoria tienen el poder de reconstruir lo que el odio ha hecho pedazos.
El resto de la creación y la naturaleza del Nilo
Para la aparición del hombre terrenal también contamos con versiones dispares. Unos sacerdotes enseñaban que la humanidad floreció directamente a partir de las lágrimas derramadas por Ra-Atum cuando Shu y Tefnet regresaron de las aguas del caos. Otros templos afirmaban que Khnum, el dios de las cataratas con imponente cabeza de carnero, moldeó al primer hombre usando fango del río en su ruidoso torno de cerámica.
El creador forjó el reino de Egipto como un santuario exclusivo para que viviera el ser humano. Junto a esto, blindó las fronteras del país con inmensas barreras de desierto hostil para evitar invasiones. Como compensación ante la dureza de aquel sol implacable, hizo que el gran río Nilo inundara las parcelas de tierra con su rico limo negro, garantizando la supervivencia de los cultivos. (Curiosamente, los egipcios sentían tanta lástima por los habitantes de otros países que decían que ellos tenían un río Nilo roto en el cielo, al que llamaban lluvia). Ra-Atum también bautizó a los meses, dividió las estaciones del año, pintó la flora de verde y, como toque final de gracia, dio aliento a la fauna.
La fantasía, el peso de las palabras y Ferantir
Esta capacidad de crear realidades tangibles a partir del lenguaje puro me fascina como escritor de fantasía épica. Es exactamente lo que hacemos frente a la página en blanco, nuestra particular agua del caos. Inventamos continentes, delineamos montañas y otorgamos aliento a personajes que, instantes antes, solo eran fantasmas en nuestra imaginación. El lenguaje tiene la capacidad divina de ordenar el mundo. Al escribir, participamos de esa misma magia de Ra-Atum: nombramos las cosas para que existan.
Toda esta mitología resuena intensamente en mi propia obra literaria. Si has leído alguna de mis historias en el universo de Ferantir, seguro que te suena la diosa Imdiris. Pues bien, su diseño está íntimamente inspirado en la figura de Isis. Imdiris es la deidad suprema de la magia, esa misma fuerza misteriosa que en mis novelas concibo y trato estrictamente como una ciencia exacta, regida por leyes termodinámicas y fórmulas precisas, alejándome del mero misticismo. Esa dualidad entre la hechicera astuta de los mitos antiguos y la científica rigurosa de mi mundo literario me permite explorar cómo los humanos racionales intentamos desesperadamente controlar las fuerzas que no comprendemos.
El eco de los dioses en nuestra propia historia
La mezcla extravagante de rasgos humanos y animales salvajes en los dioses egipcios les confiere un carácter físico, terrenal y profundamente cercano a los instintos más básicos. Esa hibridación representa nuestra dualidad: somos seres racionales con un enorme cerebro pensante, pero seguimos teniendo el corazón salvaje de un depredador asustado. En cierta medida, este relato cosmológico me recuerda enormemente a la mitología antigua de China, cuando cuentan que surgió el peludo gigante Pangu del interior de un gran huevo cósmico y de sus restos corporales nació la geografía entera del planeta.
Vemos el mismo patrón en todas las culturas del globo terráqueo. Las civilizaciones, por muy alejadas que estén en el espacio o en el tiempo, inventan historias idénticas sobre huevos primigenios, aguas oscuras y palabras creadoras. ¿Qué nos dice eso sobre nosotros mismos? Que la humanidad entera comparte la misma necesidad visceral de comprender quién encendió la luz de las estrellas antes de que llegáramos, y sobre todo, adónde iremos a parar cuando el sol de nuestra vida se hunda para siempre en la inmensidad de la Duat.
¿Has sentido alguna vez ese peso abrumador al enfrentarte a un papel en blanco, sabiendo que tus palabras tienen el poder de construir una realidad completamente nueva? Si esta inmersión en los orígenes míticos te ha removido algo por dentro, te invito a conocer de primera mano cómo aplico estas mitologías en mis propias novelas épicas. Apúntate a mi newsletter; allí charlamos largo y tendido de literatura.
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¿Qué es exactamente la Enéada egipcia?
Es el panteón primordial de nueve dioses venerados originariamente en la ciudad de Heliópolis. Constituyen las fuerzas fundamentales de la naturaleza y de la historia de la creación en el antiguo Egipto. Los dioses principales eran nueve y por eso se llaman la enéada: Ra-Atu, Shu, Tefnet, Geb, Nut, Osiris, Isis, Seth y Neftis.
¿Cuáles son los nueve dioses que forman la Enéada?
El grupo oficial está compuesto por el dios creador Ra-Atum, sus hijos Shu (aire) y Tefnet (humedad), sus nietos Geb (tierra) y Nut (cielo), y los bisnietos: Osiris, Isis, Seth y Neftis.
¿Cómo surgió el mundo según los mitos egipcios?
El universo nació a partir de un abismo infinito de aguas oscuras llamado Nun. De ahí emergió un montículo de tierra, un loto o un huevo (según la versión), del cual brotó el creador solar Ra-Atum, quien dio vida a las cosas al pensar en ellas y nombrarlas en voz alta.
¿Por qué el cielo y la tierra están separados en la mitología egipcia?
Geb (tierra) y Nut (cielo) se amaban tanto que vivían eternamente abrazados, sin dejar espacio para la vida material. Ra-Atum ordenó al dios del aire, Shu (padre de ambos), que los separara alzando a Nut con sus manos para permitir que el mundo prosperara en ese espacio intermedio.
¿Qué papel juega el dios Thot en el nacimiento de Osiris e Isis?
Ra-Atum maldijo a Nut para que no pudiera dar a luz en ninguno de los trescientos sesenta días del año egipcio primitivo. Thot, dios de la sabiduría, ganó fracciones de luz en un juego de tablero y creó cinco días nuevos fuera del calendario original, permitiendo el parto de los dioses restantes.
¿Por qué Seth asesinó a su hermano Osiris?
Seth, dios del desierto y las tormentas, encarnaba el caos, la envidia y el rencor. Asesinó y despedazó a Osiris motivado por celos brutales, ya que Osiris había nacido primero y gobernaba las ricas tierras del Nilo bajo los preceptos de la justicia cósmica.
¿Qué es la Duat y qué ocurre allí durante la noche?
La Duat es el peligroso inframundo egipcio. Cada noche, tras el atardecer, Ra-Atum viaja por sus oscuras aguas en la barca solar, debiendo esquivar trampas espirituales y luchar a muerte contra la serpiente demoníaca Apofis para garantizar que el sol vuelva a salir al día siguiente.
¿Cómo se relaciona la mitología de Isis con la diosa Imdiris en el universo de Ferantir?
Santi Limonche se inspiró en la astucia letal y los conocimientos ocultos de Isis para diseñar a Imdiris. En Ferantir, Imdiris es la diosa tutelar de la magia, una fuerza sobrenatural que se ejerce y estudia como si fuera una disciplina estrictamente científica.


