¿Sabías que, en la Edad Media, un solo libro podía pesar hasta 30 kilos y costar tanto como una pequeña granja?
Hoy en día, llevamos bibliotecas enteras en el bolsillo gracias al teléfono móvil, pero hubo un tiempo en el que leer era un acto de fuerza física y un privilegio exclusivo de reyes y monjes. Antes de la imprenta, cada página era una obra de artesanía hecha con piel de animal, tinta casera y meses de paciencia infinita.
En este artículo nos adentramos en los scriptoria medievales para descubrir los secretos de estos objetos de lujo. Desde manuscritos que se borraban para escribir encima (los famosos palimpsestos) hasta los peligros de los ladrones de bibliotecas. Prepárate para descubrir por qué la frase «el saber ocupa lugar» era, en el medievo, literalmente cierta.
Origen de los libros medievales
Los libros medievales nacieron por la evolución de los rollos de papiro que empleaban los antiguos egipcios. Los antiguos rollos pasaron a ser «libros rectangulares» de varias hojas cosidas al modo de las tablillas romanas unidas por anillas. Hacia el siglo II surgen entonces los códices en donde era muy fácil marcar la lectura, e incluso hacer notas.
El material del papiro se sustituyó hacia el siglo I d.C. por el pergamino, creado en la ciudad de Pérgamo.
El pergamino abarataba costes, permití escribir por las dos caras y se conservaba mucho mejor que el papiro.
Debido a que los libros eran escritos a mano en pergaminos, que eran pieles de animales tratadas para su uso como papel, los libros eran muy pesados. El pergamino era más resistente y duradero que el papel moderno, pero también era mucho más pesado. Los libros más grandes podían pesar hasta 30 kilos, lo que hacía que su transporte fuera muy difícil.
Monasterios medievales
La mayoría del conocimiento en la Edad Media quedó recluido entre los muros de los monasterios. Los monjes eran quienes sabían leer y escribir, estudiaban latín y griego y los custodios de los libros.
Los monjes se encargaban de seleccionar las obras que copiaban para que no se perdiera el conocimiento. Así los versos de Ovidio o de Homero no se perdieron. Parte fundamental de los monasterios era el llamado scriptoria, una especie de biblioteca-despacho-taller donde los hermanos con más pericia se encargaban de copiar lentamente y a la luz de las velas estos textos del griego y del latín. Las congregaciones más pudientes podían producir obras en serie mediante el método de un monje lector y varios que, al dictado, copiaban parsimoniosamente ese conocimiento artístico o científico.
Las bibliotecas de los monasterios podían albergar cincuenta ejemplares y la de uno rico, con suerte y gracias a las donaciones de algún noble, podría hacer gala de 200 o 300 ejemplares.
Los libros y el latín
En la Edad Media, el latín era la lengua de la educación y la religión, y casi todos los libros se escribían en latín. Solo unos pocos eruditos y aristócratas podían leer y escribir en otras lenguas, como el francés o el inglés antiguo. Esto significaba que la mayoría de la población no podía leer los libros y dependía de los sacerdotes y de los clérigos para interpretarlos.
Ahorro de costes
Hacia el siglo VII, debido a la escasez de pergaminos y papiros, se comenzó a reutilizar el que estaba disponible, y por eso raspaban la tinta con piedra pómez y escribían de nuevo encima. Estos son los famosos palimpsestos que significa “grabado nuevamente”. Gracias a los palimpsestos se han conservado muchas obras «que se habían borrado». Las Instituciones del romano Gayo y el De re publica, de Cicerón, son ejemplos.
Lujo y prestigio
Debido a la gran cantidad de tiempo y trabajo necesarios para producir un libro, los libros eran objetos extremadamente caros y escasos en la Edad Media. Solo las personas más ricas y poderosas podían permitirse comprar libros. Los reyes y los nobles a menudo exhibían sus libros en salas de lectura y los mostraban a sus invitados como símbolo de su riqueza y cultura.
La mayoría de las personas nunca habían visto un libro en su vida. La producción de libros se limitaba a los monasterios y a los talleres de copia, y los libros eran principalmente de temas religiosos.
Debido a lo costoso de conseguir y producir pergamino, varios monasterios tuvieron sus propias fuentes de pergaminos.
Robos
Debido a su gran valor, los libros eran a menudo robados en la Edad Media. Los monasterios y las iglesias eran los principales objetivos de los ladrones de libros, ya que eran los lugares donde se encontraban la mayoría de los libros. Los ladrones a menudo intentaban vender los libros robados a coleccionistas adinerados o a otros monasterios.
Scriptorium, lugar de trabajo
Los copistas, los profesionales que se encargaban de replicar los libros, escribían apoyando las hojas sobre sus rodillas, no sobre las mesas. Los scriptoria se volvieron más comunes en los siglos XIV y XV. Lo hacían al aire libre, para aprovechar al máximo la luz solar. Evitaban las velas por razones obvias: para que no se quemaran los libros.
Se ha hablado mucho sobre la descripción física de un scriptorium, más allá de que servía para copiar libros. En las representaciones medievales que nos han llegado, existen muchos tipos.
Proceso editorial
Los copistas eran muy valorados por su habilidad para escribir con precisión y belleza. Además, a menudo eran artistas capaces de decorar e iluminar las páginas de los libros con bellas ilustraciones y letras ornamentadas. A pesar de que los copistas profesionales eran muy hábiles, a menudo cometían errores al copiar los libros a mano. Los errores más usuales eran las omisiones, las duplicaciones y las transposiciones de letras y palabras. Los copistas a menudo utilizaban abreviaturas para acelerar el proceso de copia, lo que también podía llevar a errores si las abreviaturas no eran claras.
Una de las características más reseñables de los libros medievales son las miniaturas, una manifestación pictórica notable. Se llaman así porque se pintaban con el minio, un pigmento rojo muy utilizado en la época. Los especialistas miniaban los libros.
También tenemos a los encuadernadores y a los revisores, entre otros ejemplos. Como sucede ahora para editar un libro que pasa por muchas manos.
Las universidades, demandantes de libros
El surgimiento de las universidades, en los siglos XII y XIII, provoca la creación de un nuevo mercado: los estudiantes de las universidades necesitaban libros de texto. Se crearon talleres dedicados a hacer libros que eran laicos y sin letras capitales o miniaturas para copiar más rápidamente los libros. Los libros ya no estaban solo en monasterios o palacios, sino también en las casas.
Caligrafía y modas
La masificación del libro produjo un cambio en la manera de escribir. Se introdujo así la letra gótica, que reemplazó a la escritura carolina o carolingia con formas redondeadas. Los textos, a partir de entonces, empleaban signos de puntuación, se separaban de forma más eficiente las palabras y se adoptaban dos columnas de texto en cada página.
El siglo XVI provocó lo contrario: no entendían la letra gótica y se pretendió volver a la carolina. La letra carolina sue la elegida para imprimir los primeros libros y es la base de las letras actuales.
El papel en Europa y la invención de la imprenta trajeron consigo que se siguiera copiando más libros medievales.
La última gota de tinta
Nos solemos quejar del «bloqueo del escritor» frente a la pantalla luminosa, pero imagina por un momento el terror de cometer un error ortográfico sobre una hoja de vitela que ha costado el sueldo de un mes. Estudiar estos libros medievales no es solo un ejercicio de arqueología literaria; es una cura de humildad para cualquiera que junte letras hoy en día.
Esos tomos de treinta kilos y las cadenas que los sujetaban a las estanterías nos recuerdan algo importante: el conocimiento fue, durante siglos, un tesoro pesado, físico y difícil de conseguir. Hoy llevamos miles de obras en el bolsillo, pero quizá hemos perdido esa reverencia casi sagrada que sentía el monje al mojar la pluma en el tintero, sabiendo que sus palabras debían sobrevivir a guerras, incendios y al propio tiempo.
Cuéntame en los comentarios: Si tuvieras que escribir tu novela con los métodos medievales, raspando pieles y bajo la luz de una vela, ¿crees que tendrías la paciencia para terminarla o te quedarías dibujando garabatos en los márgenes como aquellos copistas aburridos?
De vez en cuando envío una carta con fragmentos inéditos, mitología, humor de escritor y alguna que otra confesión heroica.
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¿De qué material estaban hechos realmente los libros en la Edad Media?
Antes de la popularización del papel en Europa, la inmensa mayoría de los libros se escribían sobre pergamino o vitela. Esto no es otra cosa que piel de animal (oveja, cabra o ternera) tratada, estirada y secada.
¿Por qué algunos libros antiguos estaban encadenados a las estanterías?
A esta práctica se la conoce como «libri catenati» (libros encadenados). Dado que los libros eran objetos de lujo extremadamente caros y raros, las bibliotecas de monasterios y universidades colocaban cadenas de hierro en las tapas para evitar robos. Esto permitía consultarlos en el atril, pero impedía que nadie se los llevara fuera del recinto, funcionando como un sistema de seguridad primitivo.
¿Qué es un palimpsesto y por qué destruían libros para crear otros?
Un palimpsesto es un manuscrito que conserva huellas de una escritura anterior borrada artificialmente. Como el pergamino era un material muy costoso y escaso, los monjes a menudo raspaban con piedra pómez textos antiguos (a veces obras clásicas insustituibles) para escribir encima nuevas oraciones o registros. Gracias a técnicas modernas de luz ultravioleta, hoy podemos leer esos textos «fantasmas» que quedaron debajo.
¿Cuánto podía llegar a pesar un libro medieval?
El peso variaba enormemente, pero los grandes libros de coro (cantorales) o las Biblias de altar podían ser colosales. Algunos alcanzaban fácilmente los 30 o 40 kilos. Esto se debía al grosor del pergamino, al tamaño de la letra (para ser vista desde lejos por varios monjes) y a las tapas de madera maciza reforzadas con herrajes de metal y piedras preciosas que los protegían.
¿Cuánto tiempo tardaba un copista en terminar un solo libro?
La producción era un proceso de paciencia infinita. Un escriba experto podía tardar varios meses, o incluso un año entero, en copiar un solo tomo, dependiendo de la longitud del texto y la complejidad de la caligrafía. A esto había que sumar el tiempo de los ilustradores (iluminadores) que añadían las letras capitales y las miniaturas doradas, convirtiendo cada copia en una obra única de años de trabajo.
¿Eran los libros medievales accesibles para todo el mundo?
No, eran artículos de ultra lujo. Además del analfabetismo generalizado (incluso entre muchos nobles), el coste de un libro podía equivaler al precio de una granja pequeña o un rebaño de ganado. Poseer una biblioteca privada con más de diez libros era un símbolo de estatus y riqueza comparable a tener hoy una colección de coches deportivos de alta gama.
¿Qué son las «marginalia» y qué nos dicen sobre los monjes?
Las «marginalia» son los dibujos y notas que los copistas hacían en los márgenes de los textos. A menudo revelan el lado humano y humorístico de su arduo trabajo: desde quejas sobre el frío o el dolor de espalda («hace frío y la tinta se congela»), hasta dibujos absurdos de conejos cazando perros, caracoles combatiendo contra caballeros o caricaturas de sus superiores.


