Teatro griego

Del teatro griego al deus ex machina

El teatro fue nuestro cine hasta bien entrado el siglo XX. Nos sentábamos en las gradas buscando en el escenario un reflejo de nuestras propias pasiones. En el teatro nos lo pasamos muy bien, lloramos a lágrima viva y aprendimos a lidiar con el miedo a la muerte. Aquellos que pisaban las tablas nos prestaban sus voces para gritar lo que nosotros callábamos. Curiosamente, todo este despliegue monumental de emociones nació de algo mucho más primitivo. Los simples cánticos salvajes en honor a un dios borracho evolucionaron poco a poco hasta convertirse en la representación elaborada donde hoy pasamos tan buenos ratos. Las palabras que usamos a diario, como orquesta o escenario, tienen raíces antiguas que nos conectan con esos griegos que bailaban en la ladera de una montaña.

«Teatro» es un espacio físico y una rama de las artes escénicas donde un grupo de actores representa una historia frente a un público, empleando para ello el habla, los gestos, la escenografía y el sonido.

Dionisio y la raíz salvaje de la representación

A Dionisio, el dios griego del vino y del éxtasis, se le atribuían infinidad de epítetos. Los dioses antiguos coleccionaban sobrenombres como nosotros coleccionamos excusas para no escribir. Uno de sus títulos más fascinantes era «φιλοχρευτής» (filocoreuta), un término muy relacionado con la participación activa de los coros en su culto. Dionisio representaba esa parte indomable de la psique humana, el frenesí absoluto, la pérdida de los límites que nos imponemos para vivir en sociedad.

Cuando Pisístrato, el famoso tirano de Atenas, introdujo y oficializó este culto en su ciudad, ordenó construir en la ladera sur de la Acrópolis una «ὀρχήστρα» (leído orchéstra). Esta palabra proviene directamente del verbo griego que significa danzar. En medio de esa pista de baile de tierra batida se levantaba el altar del dios.

Con el paso del tiempo, se hizo necesario acomodar a las multitudes que acudían a presenciar el espectáculo. Se construyó un graderío, primero de madera y luego ya de piedra, que recibió el nombre de «θέατον» (leído théatron). Significa literalmente lugar para ver o contemplar, que a su vez proviene del verbo ver o contemplar. Da un poco de vértigo pensar que la palabra teatro no ha variado mucho desde los griegos. Estructuras como el impresionante Odeón de Herodes Ático, en Atenas, son ecos de piedra de esta evolución arquitectónica.

Luego, junto a la pista de baile, los organizadores levantaron una «σκηνή» (leído skené), que literalmente significa choza o tienda de campaña para que los actores se pudieran cambiar lejos de las miradas curiosas. En español, este humilde término de tela nos ha dado la palabra escena y escenario. Según evolucionó el teatro, estas tiendas temporales pasaron a construirse en piedra sólida.

El salto del coro al actor individual

En los párrafos anteriores he hablado de actores, pero hasta ahora solo he mencionado al coro. Este cambio viene dado por la propia transformación del teatro: desde el canto coral exclusivo en honor a Dionisio, vaciándose poco a poco de su estricto carácter religioso-cultural, hasta convertirse en una representación dramática estructurada con temática heroica.

La tragedia: del macho cabrío al dolor universal

Para entender nuestras lágrimas frente a un escenario, debemos mirar al filósofo Aristóteles. Según sus textos, la tragedia surgió «de los que entonan el ditirambo». No se sabe a ciencia cierta la etimología de la palabra ditirambo, pero se sospecha que no era griega; en cualquier caso, el ditirambo era el canto ritual dedicado a Dionisio. En este punto de la historia todavía estamos con cánticos salvajes, no con tragedias ni obras de teatro como las entendemos ahora.

Arión de Metimna fue quien dio una forma artística-lírica al primitivo canto. Los tiranos de las polis, que siempre actuaban como protectores del culto a Dionisio para ganarse el favor del pueblo, pronto incorporaron sus mejoras en unas fiestas tan populares. Esta nueva forma de expresión se extendió e invadió Grecia propiamente dicha.

Cuando el culto al dios del vino se extendió por Grecia, allá por el siglo VII a.C., bastantes ritos antiquísimos asociados con la fertilidad o con la naturaleza entraron dentro de su órbita, ya que era el dios de la naturaleza libre y del éxtasis. Ayudó mucho el hecho de que las deidades tradicionales del Olimpo eran demasiado sagradas y solemnes para permitir ese nivel de descontrol terrenal.

Sátiros, máscaras y la catarsis del espectador

Aquí entran en juego los sátiros. Su aparición se debe a lo mejor a la influencia de alguna divinidad sobre la fertilidad y, por tanto, se relacionaron rápido con Dionisio. Los sátiros eran identificados con los «τραγοί» (leído tragoí) o machos cabríos. Ya empieza a vislumbrarse de dónde viene el oscuro nombre de «tragedia».

Uno de los epítetos de Dionisio era «μελαναιγίς», es decir, cabra negra. Como curiosidad lingüística, la raíz mela (negro) ha dado en español derivados tan comunes como melatonina o melancolía. Sus acólitos se disfrazaban de machos cabríos negros con pieles ásperas para emular la forma en cómo se presentaba Dionisio.

Así tragedia deriva de «τραγῳδία» (canto de los machos cabríos), según la interpretación más aceptada por los académicos. No podemos obviar que existe muy poca información sobre el origen de la tragedia y sus primeros tiempos, lo que nos deja un margen de misterio fascinante.

Según Aristóteles, la tragedia al principio partía de pequeños temas y de un lenguaje jocoso, por proceder del drama satírico, pero luego adquirió un tono de dignidad abrumadora. Otro punto incierto consiste en descifrar cuándo y cómo los cantos corales en honor a Dionisio incorporaron el elemento heroico; aunque sabemos que muy pronto los griegos lo sumaron a las primigenias fiestas al dios.

Heródoto, padre de la historia, proporciona una pauta para crear una conexión lógica entre el culto a Dionisio y los héroes. El tirano Clístenes, en Sición, adaptó los coros dionisíacos en honor de un héroe local. Los griegos adoraban a los héroes tradicionales, así que la fusión funcionó a la perfección.

Grúas y dioses: el nacimiento del deus ex machina

Según evolucionó el teatro en la propia estructura narrativa, también vino acompañado por cambios en el edificio y las instalaciones. Si recordamos aquellas sencillas tiendas de tela donde se cambiaban los actores, la cosa evolucionó hacia un escenario de piedra de hasta tres metros de altura. Servía como telón de fondo y su techo plano se empleaba para representaciones a distintas alturas. Imaginemos al vigía de un barco avisando de la llegada del enemigo oteando el horizonte desde las tejas de ese escenario.

Se construyeron varios elementos mecánicos sobre el escenario para asistir a los diferentes géneros teatrales: el «ekkyklema» (el rodillo) y la «mechane» (la máquina).

La «mechane» era un tipo de grúa de madera de la que un personaje se podía colgar a la vista de los miles de espectadores. Se usaba, por ejemplo, cuando se anunciaba la llegada de un dios por encima de una casa o volando a través del cielo. Esta aparición divina proporcionaba una solución milagrosa frente a un callejón sin salida para los problemas de los mortales.

Eurípides, uno de los dramaturgos griegos más conocidos, era un auténtico entusiasta de usar la «mechane» para terminar sus obras. Esta situación habitual dio origen a la famosa frase latina «deus ex machina» (dios desde un artefacto), que se empleaba para describir la inesperada intervención que viene a resolver una dificultad en el último segundo.

Ferantir y el eco de Tranesia en la fantasía

En mi propio universo narrativo, Ferantir, la influencia de este legado antiguo es muy real. La nación de Tranesia bebe de forma directa de la cultura griega clásica. Los tranesios tienen un gran teatro, esculpido directamente en la piedra, que es conocido y envidiado en todo Ferantir.

Cuando escribo sobre los personajes que ocupan esas gradas inmensas, reflexiono sobre lo que significa el teatro para nuestra identidad. La fantasía épica, al igual que las tragedias clásicas de Esquilo o de nuestro querido amigo Eurípides, funciona como un lenguaje puramente simbólico. Construimos mundos inventados con sistemas de magia y reinos lejanos porque necesitamos la distancia que da la ficción para atrevernos a mirar de frente nuestros temores íntimos.

El teatro de Tranesia es un espejo del alma humana. Cuando un ciudadano tranesio se sienta en el graderío para ver la representación de la caída de un héroe, experimenta el terror a la muerte, la duda sobre su propia identidad y el sentido del dolor. Lloramos por el héroe de la obra porque estamos llorando por nuestra propia y diminuta fragilidad.

Por qué los escritores necesitamos la arena

La escritura, te lo aseguro, es una experiencia vital que raspa por dentro. Igual que el actor griego que se ponía la máscara de cabra para perder su rostro, el escritor renuncia a su seguridad para canalizar a sus personajes.

A veces, cuando las tramas de mis novelas se enredan hasta el absurno, siento la tentación de invocar a mi propio «deus ex machina». Qué tentador resulta hacer que un dragón ancestral baje de las nubes de Tranesia para calcinar al villano y ahorrarme cien páginas de sufrimiento narrativo. Por suerte, me contengo. Los lectores no perdonamos a un autor que nos engaña con atajos perezosos. Nos gusta que los héroes se manchen de barro y salgan del abismo por sus propios medios.

Bajar el telón y alzar la copa

Más de dos mil años después del nacimiento del teatro, este bendito arte sigue vivo y con ganas. Gracias a unos cánticos corales primitivos en honor del dios del vino, hoy tenemos la inmensa suerte de disfrutar de espectáculos elaborados y de expresiones antiguas que nos ayudan en nuestro día a día.

La próxima vez que leas una escena donde el problema se resuelve por arte de magia, acuérdate de la grúa de Eurípides. Y no olvidemos tomar una copa de vino (o cualquier otra bebida espirituosa que prefieras) en honor a Dionisio por traernos el teatro a los pobres mortales.

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¿Qué es el ditirambo y cómo se relaciona con el teatro?

El ditirambo era un canto ritual misterioso dedicado a Dionisio. Arión de Metimna le otorgó una forma lírica y, con el paso del tiempo, la separación entre el coro y el actor individual dio lugar a las representaciones teatrales heroicas.

¿De dónde viene la palabra tragedia en la antigua Grecia?

Según la interpretación académica mayoritaria, deriva de la palabra griega «τραγῳδία» (canto de los machos cabríos). Los sátiros y seguidores de Dionisio, dios también llamado cabra negra (μελαναιγίς), se disfrazaban con pieles oscuras para sus rituales.

¿Qué significan orquesta, teatro y escena originalmente?

Son términos arquitectónicos griegos. La «ὀρχήστρα» era la pista circular para danzar; el «θέατον» era el graderío para ver el espectáculo; y la «σκηνή» era una sencilla tienda de campaña donde los actores se cambiaban de ropa.

¿Qué era la «mechane» en los escenarios griegos?

Era una grúa mecánica de madera instalada en los teatros de piedra antiguos. Permitía suspender en el aire a un actor frente al público, simulando el vuelo o el descenso divino desde los cielos.

¿Qué significa el recurso narrativo deus ex machina?

Es una expresión latina que se traduce como dios desde el artefacto. Describe cualquier momento narrativo donde una situación sin salida se soluciona de forma milagrosa e inesperada por un elemento externo a la trama principal de los personajes.

¿Qué autor popularizó el deus ex machina?

Eurípides, uno de los dramaturgos griegos más insignes, era un gran entusiasta de este recurso. Usaba la grúa teatral mecánica para que los dioses bajaran a arreglar los enormes problemas que él mismo había creado en el argumento para los mortales.

¿Por qué la literatura fantástica se parece a la tragedia griega?

Ambos géneros literarios actúan como un lenguaje fuertemente simbólico. Utilizan mitos, sistemas de magia y héroes caídos para generar una catarsis, ayudando al lector humano a explorar sus miedos y el dolor de la existencia.

¿Qué es el gran teatro de Tranesia?

Es un monumento tallado en la piedra viva que existe dentro de la nación de Tranesia, un reino inspirado en la cultura clásica que pertenece a Ferantir, el universo de fantasía épica creado por el escritor Santi Limonche.

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