Fantasía e imaginación

Para qué sirve la fantasía

¿Alguna vez te has parado a pensar por qué, teniendo facturas que pagar, atascos que soportar y listas de la compra que rellenar, seguimos obsesionados con dragones que acumulan oro o naves espaciales que viajan al hiperespacio?

Es una pregunta legítima. A simple vista, dedicar tiempo a algo que «no existe» podría parecer un fallo en nuestro sistema operativo, una pérdida de recursos cognitivos que deberíamos estar usando para sobrevivir. Pero aquí seguimos. Tú leyendo esto y yo escribiéndolo. Y si estamos aquí es porque sospechas, igual que yo, que hay algo más. Que esos mundos inventados no son una vía de escape, sino una herramienta de rescate.

La fantasía es el simulador de vuelo de la mente humana

Vamos a ponernos serios un momento, pero solo un momento. Si tuviera que definirlo para un diccionario que no fuese aburrido, diría que la fantasía es la capacidad humana de reproducir mentalmente causas y soluciones a problemas reales utilizando un escenario ficticio.

No es mentira. Es un campo de pruebas.

Imagina por un segundo que estás diseñando tu casa ideal. Quizá en tu mente no aparezca un piso de setenta metros cuadrados en el centro de la ciudad. A lo mejor te visualizas en una villa romana con patio interior, o en una cabaña autosuficiente en un bosque noruego. ¿Por qué no?

Ese acto, que parece tan trivial, es la base de todo. Es nuestra capacidad para construir y soñar. Cuando imaginas esa villa, no solo estás decorando una habitación mental; estás planificando cómo te sentirías allí, qué problemas resolvería ese espacio (menos ruido, más paz) y cuáles crearía (¿quién limpia todo esto?). Estás «materializando» ideas abstractas. Y la fantasía es el último eslabón de esa cadena: es cuando decidimos que, para entender el miedo, necesitamos un monstruo bajo la cama.

El origen de nuestra necesidad de inventar

Esto no es nuevo. No es culpa de las series de televisión ni de los juegos de rol. Viene de fábrica.

La realidad y la imaginación son distintas, claro, pero se necesitan la una a la otra como el café y la mañana. Nuestras imágenes mentales nos sirven para interpretar lo que vemos. Piensa en la Epopeya de Gilgamesh. Estamos hablando de la primera historia escrita de la que tenemos constancia. Hace miles de años, alguien en Mesopotamia no escribió un tratado sobre agricultura o leyes fiscales. Escribió sobre un rey, sobre dioses, sobre la búsqueda de la inmortalidad y sobre la amistad con un hombre salvaje, Enkidu.

Gilgamesh es un retrato de los grandes temas que siempre nos han quitado el sueño: el miedo a la muerte, el honor, la venganza, el sentido de la vida. Aquellos antiguos narradores usaban la fantasía para explicar una realidad que les superaba. Y nosotros, con nuestros smartphones y nuestra supuesta modernidad, hacemos exactamente lo mismo. Las novelas de fantasía nos permiten recrear e interpretar la sociedad actual, poniéndole un disfraz para que podamos mirarla a los ojos sin asustarnos tanto.

Realidad y ficción: el mapa y el territorio

Hay una frase de Tolkien que siempre llevo conmigo, como quien lleva una brújula en el bolsillo:

«Si los hombres no fueran capaces de distinguir ranas y hombres, los cuentos de hadas sobre príncipes ranas no habrían existido.»

Es brillante. Para disfrutar de la fantasía, primero tienes que tener los pies muy bien plantados en la tierra. Tienes que saber que las ranas no hablan y que los hombres no viven bajo el agua. Precisamente porque conocemos las reglas, disfrutamos viéndolas romperse.

A veces se dice eso de que «la realidad supera a la ficción». Y vaya si lo hace. Hechos que jamás nos atreveríamos a poner en una novela porque el editor nos diría que «no es creíble», ocurren en el telediario de las tres. La realidad es caótica, injusta y, a menudo, absurda.

Aquí es donde entra la literatura fantástica. Las novelas de género ofrecen mundos que son ricos, complejos y deslumbrantes, pero sobre todo, ordenados. Pienso que nos ayudan a comprender cómo funciona nuestro entorno porque fijan límites. En un libro de fantasía, incluso si hay caos, hay una estructura. Hay un porqué. La magia tiene un coste. El villano tiene una motivación. Eso nos da una sensación de control que la vida real rara vez nos ofrece.

La coherencia: el pegamento de los mundos imposibles

¿Qué hace falta para que dejemos de preguntarnos si lo que leemos es real o imaginario y simplemente nos dejemos llevar? La respuesta es simple y complicada a la vez: coherencia.

Si un mundo es consistente en sus reglas y conserva su lógica interna, nos da igual que haya tres lunas en el cielo. Si en mi universo narrativo establezco que la magia consume la energía vital del usuario, no puedo hacer que el protagonista lance hechizos infinitos en el capítulo final sin consecuencias solo porque me convenga. Si rompo esa regla, rompo el hechizo. El lector se despierta.

Esa consistencia es lo que diferencia la buena fantasía del delirio. Y cuando se consigue, ocurre el milagro: vas de la mano de los personajes, sufres con ellos, te ríes con ellos. Muchos devoran culebrones televisivos sabiendo que esas tramas son imposibles, pero necesitan sentir esas emociones. Con la fantasía pasa igual. Queremos sentir miedo, valor y esperanza en un entorno seguro, donde sabemos que, aunque el dragón sea enorme, existe una espada capaz de herirlo.

Cuando éramos indios y vaqueros (y por qué dejamos de serlo)

Hablemos de la infancia, ese territorio extranjero del que todos venimos y al que a veces cuesta tanto volver.

Todos, de pequeños (y confieso que yo, no tan pequeño), hemos jugado con muñecos imaginando que eran guerreros de otras galaxias. O jugábamos a indios y vaqueros en el parque. En ese momento, un palo no era un trozo de madera muerta; era un rifle, una espada o una varita mágica.

La imaginación de un niño no tiene límites. Lo triste, lo verdaderamente trágico, es cómo el sistema educativo y la sociedad van podando esas ramas. Nos dicen que «madurar» consiste en dejar de imaginar para centrarnos en «lo práctico». Se coarta esa libertad para adaptarnos a una necesidad productiva. Pero, ¿qué conseguiríamos si fuéramos capaces de ver nuestros problemas de adultos desde esas perspectivas laterales que teníamos a los cinco años?

Los niños tienen el don de la consistencia en su imaginación. No se aburren porque para ellos el juego es la realidad en ese momento. Descubren costas nuevas entre la ficción y lo tangible, reforzando su fantasía y aprovechando el mundo real como si se tratara de un simple decorado para su obra de teatro mental.

Y ojo, que nadie se confunda. A pesar de que nos dé la impresión de que mezclan imaginación y realidad, los niños no son tontos. Saben que el suelo es el suelo, pero eligen creer que es lava. Esa elección consciente es la forma más pura de magia que existe.

Escribir fantasía: mi confesión

Como escritor, y específicamente como alguien que se pasa la vida levantando mundos que no existen, te diré algo: escribir fantasía es una forma de arqueología inversa. No desentierro cosas que ya estaban ahí; las construyo para entender lo que tengo debajo de los pies.

Cuando me siento a escribir y planteo un conflicto en mis novelas, a menudo me doy cuenta de que estoy hablando de algo que me preocupa a mí, a Santi Limonche, el tipo que paga impuestos y tiene días malos. Si escribo sobre un personaje que debe sacrificar su humanidad para obtener poder, estoy explorando mis propios límites éticos.

Mezclar nuestro conocimiento previo de la realidad y la lógica asociada a ella nos permite entrar en la fantasía y realizar comparaciones. ¿Es este mundo inventado más justo que el mío? ¿Es más cruel? ¿Qué haría yo si tuviera ese poder?

¿Qué nos impulsa a creer que los personajes viven? Se mueven, hablan y ríen gracias a nuestra imaginación, pero no en un mundo aparte, sino en nuestra mente, con nosotros. Son huéspedes en nuestra cabeza. Y ojalá no perdiéramos esa facilidad para conectar con ellos. Me pregunto muchas veces por qué se reprime nuestra imaginación en la escuela, por qué solo podemos pensar de una forma lineal, cuando la vida es de todo menos una línea recta.

Fantasía es una tierra peligrosa

Hay una cita de Tolkien que resume esto mejor que cualquier cosa que yo pueda decirte:

«Fantasía es una tierra peligrosa, con trampas para los incautos y mazmorras para los temerarios.»

Y tiene razón. Es peligrosa porque te cambia. No puedes volver de un viaje a Mordor y seguir viendo tu jardín de la misma manera. No puedes leer sobre la lucha contra la oscuridad y luego quedarte de brazos cruzados ante las injusticias de tu barrio.

La fantasía nos despierta. Nos da herramientas simbólicas para nombrar nuestros demonios. A veces, la única forma de explicar el dolor de una pérdida es imaginando un fantasma. A veces, la única forma de entender el coraje es imaginando un escudo.

Mantén la puerta abierta

Así que no, la fantasía no sirve para evadirse. Sirve para equiparse. Sirve para volver a la realidad con los bolsillos llenos de recursos nuevos, con una mirada más limpia y con la certeza de que, aunque no haya dragones en el cielo, hay monstruos a los que enfrentarse y tesoros que proteger aquí abajo.

No dejes que nadie te diga que ya eres mayor para esto. Mantén esa puerta abierta. Deja que entre el aire.

Y a ti, ¿qué te aporta la fantasía? ¿Es refugio o es trinchera?

Si te ha picado el gusanillo y quieres ver cómo aplico todo esto en mis propias historias, o si simplemente quieres charlar sobre mundos que no existen (pero deberían), pásate por mi newsletter. Ahí es donde guardo las llaves de los otros reinos.

Cartas desde Ferantir

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¿La fantasía es una forma de escapar de la realidad?

No necesariamente. Aunque ofrece un descanso mental, su función principal es proporcionar un marco simbólico para entender y procesar la realidad, permitiendo al lector regresar al mundo real con nuevas perspectivas y herramientas emocionales.

¿Por qué es importante la coherencia en la fantasía?

La coherencia interna es vital para mantener la «suspensión de la incredulidad». Sin reglas lógicas que estructuren el mundo mágico, la historia pierde verosimilitud y el lector desconecta emocionalmente, ya que los conflictos dejan de tener peso o consecuencias reales.

¿Qué relación tiene la fantasía con la infancia?

La infancia es la etapa donde la capacidad de crear escenarios ficticios (juego simbólico) es natural y constante. La fantasía literaria en la adultez reconecta con esa habilidad cognitiva, permitiendo flexibilizar el pensamiento y resolver problemas de forma creativa.

¿Cómo ayuda la fantasía a enfrentar el miedo?

Al externalizar los miedos internos en forma de monstruos o villanos concretos, la fantasía permite al lector enfrentarse a ellos en un entorno seguro. Ver a los personajes superar situaciones aterradoras proporciona un modelo de resiliencia aplicable a la vida real.

¿Cuál es la diferencia entre imaginación y fantasía?

La imaginación es la facultad cognitiva de representar imágenes de cosas inexistentes o no presentes. La fantasía es la elaboración compleja y estructurada de esas imágenes en una narrativa o mundo con sus propias leyes, yendo un paso más allá de la simple visualización.

¿Qué nos enseña la Epopeya de Gilgamesh sobre la fantasía?

Nos enseña que la fantasía es intrínseca al ser humano desde el inicio de la escritura. Muestra que los elementos fantásticos (dioses, bestias) siempre se han usado para explorar temas profundamente humanos como la amistad, el duelo y la búsqueda de significado.

¿Por qué se considera "útil" leer fantasía?

Leer fantasía ejercita la empatía al obligarnos a comprender seres y situaciones radicalmente diferentes a nosotros. También mejora la flexibilidad cognitiva, ayudándonos a contemplar escenarios alternativos y a cuestionar el «status quo» de nuestra propia realidad.

¿Es necesario que la fantasía tenga reglas?

Sí. Para que una historia fantástica funcione, debe tener un sistema de reglas (sistema de magia, leyes físicas, política) que el lector pueda comprender. La ausencia de reglas convierte la trama en algo arbitrario y elimina la tensión narrativa.

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