¿En qué momento exacto decidimos que el amor tenía que ser inofensivo? Me hago esta pregunta cada mes de febrero, cuando veo cómo el mundo se disfraza con ese rojo de centro comercial y las emociones parecen venir empaquetadas al vacío, listas para consumir y tirar. Miras a tu alrededor y todo son corazones de felpa, cenas con menú cerrado y promesas impresas en tarjetas que ha escrito un redactor publicitario en una oficina gris. Todo suave, todo redondo, todo seguro.
Pero si tienes las agallas de apartar ese decorado de cartón piedra, si rascas un poco la pintura rosa, lo que te encuentras debajo no es bonito. Hay sangre, hay barro y hay un tipo diciendo «no» cuando todo el mundo dice «sí». Lo que hay se parece más al filo de una espada que a una caricia.
Porque el amor, si nos ponemos serios, es un acto de rebelión. No es ese sentimiento pasivo para vender bombones; es la voluntad salvaje de poner el bienestar de otro por encima de tu propia supervivencia, de la lógica o de la ley. Y eso, amigos, siempre trae problemas.
El origen de la sangre: una traición a Roma
Se nos olvida (o preferimos no acordarnos) que a Valentín no lo mataron por ser un romántico empedernido ni por recitar versos a la luz de la luna. Lo mataron porque el emperador Claudio II, un tipo con la mente puesta en la eficiencia militar, decidió que los soldados casados no servían. El cálculo era frío: el amor distrae. El amor te ata a la tierra, a la mujer, a los hijos, a la vida. Y Roma no necesitaba hombres que quisieran vivir; Roma necesitaba hombres dispuestos a morir sin hacer preguntas.
Prohibir el matrimonio no fue un capricho, fue una estrategia de guerra para deshumanizar a la tropa. Y aquí es donde la historia se pone interesante. Valentín, que bien podría haberse quedado quieto salvando su pellejo, decidió jugársela.
Imaginaos la escena: un sacerdote que quizás llevaba una cota de malla bajo la túnica (porque la fe no quita la prudencia) casando a parejas en la clandestinidad, susurrando los votos mientras vigilaban la puerta por si aparecía la guardia pretoriana.
Aquello no era un gesto tierno. Era alta traición.
Al unir a dos personas, Valentín le estaba diciendo al hombre más poderoso del mundo que su autoridad tenía un límite. Estaba gritando, en silencio, que hay lealtades que ningún decreto imperial puede romper. ¿El precio? No fue una caja de dulces. Fue la cárcel, la tortura y la ejecución.
La historia real va de desobedecer, de elegir la fidelidad humana frente a la imposición estatal y de pagar la factura, que suele ser carísima. Quizá por eso hemos preferido aguar la fiesta. Es más fácil celebrar una emoción edulcorada que honrar un sacrificio que te puede costar la cabeza.
Cuando el amor era un monstruo (o un dios)
Si la historia de Valentín nos habla de rebelión política, los mitos antiguos nos hablan de puro terror. Antes de que el amor fuera un santo cristiano, era una deidad pagana que daba miedo. Y mucho.
Hoy hemos convertido a Cupido en un bebé regordete con pañales que dispara flechas de purpurina. Una imagen mona, inofensiva. Pero su «abuelo» griego, Eros, no era ninguna mascota. En las historias viejas, Eros es una fuerza primordial, un dios que surge del Caos antes incluso que los titanes.
Para los griegos, el amor no «se hacía». El amor te atropellaba.
Los poetas lo llamaban lusimeles (el que afloja los miembros) o damasiphrón (el que somete la mente). Eros era un dios capaz de romperte las rodillas y la voluntad, una potencia que podía tumbar al tipo más sensato y llevarlo a la ruina. No traía paz, traía manía. Desataba guerras de diez años (que se lo digan a Helena y a Paris) y obligaba a bajar a los infiernos a desafiar a la muerte, como le pasó a Orfeo.
Nadie quería que esa fuerza lo tocara a la ligera, porque significaba perder el control, la sophrosyne, ese equilibrio mental que tanto valoraban. Amar era volverse esclavo de una fuerza que no atiende a razones.
Fijaos bien: hemos olvidado que, en la mitología, el amor era una prueba de resistencia brutal. Psique tuvo que bajar al Hades y volver solo para ver a su chico. El mensaje de los antiguos era cristalino: el amor real es una anomalía, un error en la Matrix que debe ser castigado o probado hasta el límite. Al domesticar San Valentín, también le hemos quitado los colmillos a esos dioses antiguos.
El miedo a desnudarse (y no hablo de ropa)
Esta domesticación tiene todo el sentido si lo piensas desde la supervivencia. Si el amor es rebelarse contra el Imperio (Valentín) y caos cósmico (Eros), entonces el amor acojona.
En la fantasía épica, los héroes se enfrentan a dragones que escupen fuego o a ejércitos de sombras sin pestañear. Blanden el acero y cargan contra la muerte. Pero luego, a esos mismos tipos duros, los ves temblar como hojas cuando tienen que abrirse emocionalmente a otro ser humano. ¿Por qué pasa esto?
Porque en la batalla, aunque te juegues el tipo, las reglas están claras: matar o morir. Tienes tu técnica, tus reflejos y, sobre todo, tienes una armadura que para los golpes.
En el amor real no hay armadura que valga. De hecho, la regla número uno es quitársela.
Amar es darle al otro los planos detallados de tus puntos débiles. Es decirle, mirándole a los ojos: «aquí es donde puedes destrozarme», y confiar ciegamente en que no lo hará. Esa vulnerabilidad es el verdadero abismo. Y da vértigo.
Por eso hemos montado este circo comercial alrededor de febrero. Para llenar ese silencio incómodo con ruido, para tapar el miedo con papel de regalo. Preferimos el intercambio seguro: yo te doy esto, tú me das aquello. El amor antiguo, ese que mató al romano y asustaba al griego, no era un trato comercial; era una transformación. Y cambiar duele, porque tienes que matar a quien eras antes para ser alguien nuevo junto al otro.
Escribir el amor: ríete tú de la guerra
Os voy a confesar algo del oficio. Cuando me siento a escribir, me resulta infinitamente más fácil narrar el choque brutal de dos ejércitos que la colisión silenciosa de dos almas.
Con las batallas juego en casa. Tengo los arquetipos, el sonido del acero, el olor a ozono de la magia, la estrategia de flancos… todo sigue una lógica, una física narrativa. Puedo mover a los personajes como fichas en un tablero y decidir quién vive y quién muere con la frialdad de un general. El caos de la guerra, paradójicamente, es ordenado sobre el papel.
Pero una confesión de amor… ay, amigo, eso es el caos absoluto.
Escribir una escena donde un personaje se desnuda emocionalmente ante otro es caminar por la cuerda floja sin red. Si te pasas de intenso, caes en el melodrama barato; si te quedas corto, parece que están leyendo la lista de la compra. Es difícil porque la intimidad es única. Cada pareja es un mundo con sus propias leyes gravitatorias, y cuando dos mundos chocan, no sabes qué va a salir de ahí.
Lo íntimo no admite trucos. Cuando dos personajes cruzan esa línea, el lector tiene que sentir que el universo de la novela ha cambiado para siempre. Ya no va de salvar el mundo; va de salvarse el uno al otro. Y capturar eso en palabras es mucho más difícil que describir el vuelo de un dragón.
La apuesta de los dioses
En mis libros intento aplicar esta lección: el amor nunca es gratis. No puede ser un adorno floral para que la trama quede bonita; tiene que ser un motor que, a veces, revienta la maquinaria del destino.
Recuerdo cuando estaba construyendo una relación en Akoni y el bimbairi. Sabía que no podía ser un romance de manual. Quería que hubiera algo antiguo, algo que rozara lo no convencional. En un momento de la novela, un dios mira lo que está pasando y suelta una frase que para mí resume todo este lío: «apuesto por la chica».
No es un chiste. Es una sentencia en la que todos los de afuera lo ven a la primera. Los de dentro van en un mundo aparte y con razón.
Cuando los dioses apuestan, los mortales tiemblan. En esa historia, quererse no es un refugio; es meterse en el ojo del huracán. Al elegirse, Akoni y su pareja están desafiando las probabilidades cósmicas, alterando la realidad. Su vínculo no es una ventaja, es un riesgo incalculable que los pone en la diana.
Y ahí volvemos a San Valentín. El amor real es esa apuesta. Es poner todas tus fichas al rojo sabiendo que la banca (el tiempo, la enfermedad, la rutina o un emperador cabreado) casi siempre gana. Y aun así, lo haces.
La fantasía nos deja ver esto claro porque externaliza los conflictos. En una novela, el precio de amar puede ser perder un reino o tu magia. En la vida real, el precio es tu tiempo, tu orgullo y a veces tu propia identidad. Pero el mecanismo es el mismo: para ganar algo que vale la pena, tienes que estar dispuesto a perder algo que te duele.
La única magia real
A veces pienso que el amor es el único sistema de magia que existe en nuestro mundo aburrido. Y como cualquier sistema de magia que se precie, es volátil, peligroso y difícil de controlar.
Hemos intentado domesticarlo, meterlo en cajas con lazos y venderlo barato. Hemos intentado olvidar que su santo patrón fue un rebelde ejecutado y que los antiguos le tenían pavor a Eros. Pero la verdad sigue ahí, latiendo debajo de tanto marketing.
Este catorce de febrero, o cualquier día que decidáis mirar a alguien y elegirlo contra todo pronóstico, recordad que no estáis haciendo algo cuqui. Estáis invocando una fuerza antigua. Estáis cometiendo un acto de rebeldía.
Afirmáis que, en un mundo obsesionado con la seguridad y el cinismo, todavía quedan cosas por las que merece la pena arriesgarse a que te rompan el corazón. Y esa es la única magia que necesitamos recuperar antes de que se nos olvide que somos humanos.
De vez en cuando envío una carta con fragmentos inéditos, mitología, humor de escritor y alguna que otra confesión heroica.
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¿Por qué se considera a San Valentín un rebelde y no solo un santo?
Porque su acción principal fue desafiar un decreto imperial de Claudio II que prohibía el matrimonio a los soldados. Al casarlos en secreto, cometió un acto de desobediencia civil y traición política, priorizando la libertad individual sobre la seguridad del Estado.
¿Cómo se diferencia el Eros griego del Cupido moderno?
Cupido se representa hoy como un niño inofensivo. Eros, en la mitología griega, era una deidad primordial y temible, asociada a la locura (manía) y capaz de someter la voluntad de dioses y hombres, trayendo caos y destrucción si no se le respetaba.
¿Qué significa la "domesticación del amor" mencionada en el texto?
Se refiere al proceso cultural mediante el cual hemos convertido una emoción arriesgada y transformadora en un producto de consumo seguro (regalos, cenas), eliminando la percepción del peligro y el sacrificio que conlleva el amor real.
¿Qué relación tiene San Valentín con los mitos clásicos del amor?
Comparte con los mitos antiguos una idea central: amar implica transformación y riesgo. Como Orfeo, Psique o Perséfone, Valentín paga un precio por su elección. El amor no aparece como recompensa, sino como fuerza que obliga a atravesar pruebas y aceptar pérdidas.
¿Por qué Claudio II prohibió los matrimonios de sus soldados?
Por una razón pragmática: creía que los hombres solteros, sin esposa ni hijos esperándolos, luchaban con más ferocidad y tenían menos miedo a morir, siendo así herramientas más útiles para la expansión del Imperio.
¿Qué es la sophrosyne y qué tiene que ver con el amor?
Es un concepto griego de moderación, autocontrol y equilibrio. El amor (Eros) era temido precisamente porque destruía la sophrosyne, sumiendo al individuo en un estado de desequilibrio y pasión incontrolable.
¿Qué simboliza San Valentín desde una lectura más profunda?
San Valentín simboliza el conflicto entre fidelidad personal y obediencia impuesta. Representa la idea de que amar —en cualquier forma— es elegir algo que puede entrar en choque con normas, expectativas o intereses externos. Su figura recuerda que el amor auténtico nunca ha sido neutral ni inofensivo.
¿Cuándo es San Valentín?
San Valentín se celebra anualmente el 14 de febrero. Es una festividad de origen católico que conmemora la ejecución de Valentín de Roma en el año 269 d.C., aunque hoy se ha secularizado como el Día de los Enamorados.


