Tiempo de lectura: 19 minutos

Las reflexiones de Alexei Stepánovich

(La primera parte del relato, La decisión de Alexei Stepánovich, está publicada en la revista Moon magazine)

El destino es impredecible: una semana antes, los militares fieles a mi causa traían preso ante mí al jefe del Estado Mayor, y, sin embargo, ahora estaba privado de mi libertad. «La vida está llena de sorpresas y nunca te aburrirás», decía mi hijo. Aún en la muerte me seguía dando consejos.

Miré por el ventanuco lleno de manchas, por el que a duras penas veía el campo etostrano. No sabía dónde me retenían. Como no tenía manija, no podía escuchar el trinar de los pajarillos. Echaba en falta cualquier sonido, incluso las voces coléricas de mis carceleros.

Me senté en una butaca con más años que mi abuela, y una nube de polvo despertó de su letargo. Mi estómago gruñó quejándose de la ausencia de comida durante dos días, pero me negué a pedir clemencia a mis enemigos. Me concentré en los sucesos de cuatro días antes para engañar el hambre que me acechaba, recordando la sensación con el corazón a mil por hora.

***

Las puertas se abrían con lentitud. Una gota de sudor nació en la parte trasera del cuello para morir en la camisa.

Todavía no me terminaba de creer que entrarían aliados; no descartaba una treta de mis enemigos. Di un paso atrás mientras tanteaba la mesa en busca del abrecartas. No pensaba darles la satisfacción de rendirme sin llevarme a unos cuantos por delante.

Los cuatro generales de mi bando cruzaron el umbral y casi suelto el abrecartas. Mi cuerpo había sufrido demasiadas emociones en pocas horas. Saludaron con presteza militar y el situado a la derecha se adelantó un paso.

—Señor, hemos detenido al jefe del Estado Mayor como nos ordenó. El Cuartel General del Ejército también se ha puesto bajo nuestras órdenes.

—Muy bien, general. ¿Cómo se encuentran los demás puntos estratégicos?

—Se está librando una batalla por el control de la central nuclear; el aeródromo militar es nuestro, pero el aeropuerto internacional no hemos conseguido tomarlo.

—¿Y la televisión pública?

—La Guardia Nacional se ha puesto de parte del primer ministro y nos superaba ampliamente en número. Lamento…

—Los planes son perfectos hasta que se ejecutan, general. Continúe con el informe.

—El presidente de la República ha anunciado que permanece en la visita de Estado en Lituania bajo la excusa: «son cuatro militares insurrectos», sin merecer ningún minuto de su preciado tiempo porque «seguro el primer ministro puede solo».

Todos sonreímos. El presidente era conocido por cambiar de discurso como quien cambia de calcetines. Había conseguido permanecer en el cargo durante más de una década pactando con aquel que le facilitara los votos para conservar un puesto más simbólico que ejecutivo. Apostaría la lealtad de la Guardia Nacional a que esperaría a ver cómo se inclinaba balanza antes de pactar con alguien. Con nosotros se decepcionaría: no habría negociación alguna.

Mis generales continuaron con el resumen. Asentí y escuché, esperando dar una imagen de líder a pesar de no ser más que un padre cabreado en busca de justicia, con acceso al poder y el dinero necesarios.

Presté atención en la parte relativa a cómo el ejército se había puesto de nuestro lado: cuando los mandos medios ordenaron acuartelar las tropas, bastantes soldados habían acatado la jerarquía militar. Hicieron énfasis en la misión de las Fuerzas Armadas dictada en la Constitución: defender y preservar la integridad del Estado, con el aderezo de frenar las políticas de desmembramiento del primer ministro. Como los políticos, entre los que me incluía, no querían redactar nada claro para salirse con la suya, un texto tan genérico se podía interpretar de muchas maneras. Los pocos hombres que se opusieron fueron detenidos in situ.

Gracias a la planificación de los intensos meses previos, más de cuatro quintos de los cuarteles esperaban órdenes del ministro de Defensa Nacional. Sin embargo, no caí en la necesidad de contar con la Guardia Nacional: tan enfrascado estaba en liberar mi dolor e ir con cuidado para evitar filtraciones, que no conté con sus necesarios subfusiles.

***

Un ruido me sacó de mi trance. Otro más. Sonó otro. Pronto escuché como un coro de balas rompía el silencio. Una gota fría rodó por mi frente. ¿Serían aliados? ¿Qué sucedía ahí fuera? ¿Hundirían este caserón conmigo dentro?

Me imaginé a mi hijo al otro lado de la habitación, negando antes de preguntar: «¿Te das cuenta de lo que has provocado?».

—Hijo mío —dije en voz alta—. Soy un padre que removió cielo y tierra para impedir tragedias como la tuya, pero se me ha ido la mano. Yo solo quería un castigo proporcional a la ofensa cometida, aunque ya es demasiado tarde para elegir otro camino.

Cerré un momento los ojos, y al abrirlos mi hijo ya no se encontraba ahí.

***

Conforme el plan se desarrollaba, debatíamos los pasos a ejecutar. Como mis rodillas protestaban por estar quietas, alcé la mano en dirección a los sofás enfrentados con una mesa desordenada en medio. Nos estábamos sentando cuando una enérgica llamada a la puerta interrumpió la conversación: mi ayudante personal entró con sus andares apresurados.

—Lamento la intromisión, señores, pero el primer ministro está hablando por la tele.

Se retiró tan rápido como había entrado.

Miré a uno de los generales, que se levantó y encendió el televisor. Poco después apareció la cara oronda del primer ministro.

quiero recalcar, estimados ciudadanos, la ausencia de motivos de alarma. Solo se trata de unos militares marginados que han seguido a un ministro situado fuera de la ley. El grueso de las Fuerzas Armadas y la Guardia Nacional están sofocando, en estos mismos momentos, el patético esfuerzo de Alexei Stepánovich por hacerse notar. Asimismo, he firmado el cese de este sujeto. Cualquier militar o ciudadano que cumpla órdenes suyas estará cometiendo traición…

—Esos chorretones sobre su papada no dan una imagen de seriedad —dije.

Los generales contestaron con carcajadas.

—Una vez más, quiero transmitir a la población calma. La situación está bajo control. No dejaremos que un ególatra con ansias de poder arruine este magnífico día a los etostranos. ¡Viva la República!

La transmisión se cortó y la pantalla anunció la emisión de un nuevo comunicado en breve, pero no retornó a la programación habitual.

—Un hombre nervioso no puede tomar decisiones acertadas. Emplearemos eso en su contra —dije con los brazos abiertos—. Si no tenemos la televisión pública, crearemos una.

—¿Cómo lo haremos, señor? —preguntó uno de los generales.

—Las redes sociales con «estrimin» de ese nos pueden cortar en cualquier momento. No les culpo; yo también lo haría, por lo que quedan descartadas. Necesitamos los servidores de Defensa: poseen el ancho de banda necesario y la seguridad que nos garantizaría retransmitir en directo sin sobresaltos. Así se verá en abierto para todos los ciudadanos.

—¿Cómo se le ha ocurrido?

—Hablando con Dmitri acerca de nuestros planes. Lo ideó él: es un genio de la informática. Voy a llamarlo para que monte el artefacto. Las guerras actuales van más allá del nivel geográfico. Necesitamos ganarnos la opinión pública.

Revolví entre los trastos de la mesa hasta que di con el comunicador y avisé a mi ayudante personal, que entró con un trípode y empezó a montar una cámara y un montón de cables. Mientras esperábamos, un general carraspeó y preguntó, titubeando:

—¿Qué hay de su esposa e hija?

Un nudo en la garganta me impidió contestar de inmediato.

—Hace dos días, las convencí para que marcharan a Suiza con la excusa de respirar aire puro. Las mandé lejos y a un país neutral.

—¿Cree usted que en algún momento sospecharon algo?

—Son listas. No les comenté nada, pero sabían que tramaba algo. Ojalá algún día me perdonen.

Tampoco quería mirar mi móvil personal, aunque seguro que habría recibido llamadas suyas. No tenía el valor de hablar con ellas.

Aguardamos en un silencio incómodo hasta que Dmitri montó el armatoste. De vez en cuando, los móviles de los generales sonaban para recibir información o se coordinaban con el centro de mando. Habían pasado cinco minutos cuando mi ayudante me informó de que todo estaba preparado.

Me senté en mi escritorio con un potente foco deslumbrándome y observé el taco de folios preparado para la ocasión.

Mi ayudante, convertido en cámara, empezó la cuenta atrás con los dedos mientras los generales me observaban en silencio con la esperanza en el brillo de sus ojos.

Llegó el uno. Un piloto se encendió en la cámara, inspiré profundamente y recé dentro de mi cabeza.

—Etostranos, estamos en guerra. No empezaré un discurso con mentiras. Ahora bien, ¿por qué yo, el ministro de Defensa Nacional, y las Fuerzas Armadas hemos llegado a esta decisión tan drástica? ¿Acaso nos hemos levantado con el pie izquierdo o el afán de poder nos ha seducido? Nada de eso. Nuestra misión es defender y conservar la independencia nacional; la integridad de la República y el honor y la soberanía de la Nación. Nuestro primer ministro nos está vendiendo a potencias extranjeras, desgaja la soberanía nacional y mancilla el honor de nuestros antepasados. ¿Cómo defiende la integridad de la República mientras envía a nuestros jóvenes a la muerte y él se lleva lucrosos acuerdos con países y grupos de presión?

Tomé aliento mientras cruzaba con fuerza los dedos encima del escritorio.

—La situación es difícil, por supuesto. Ya nos gustaría a los valientes soldados y a mí que la integridad territorial y la independencia de la República no fuera violada por el propio jefe del Gobierno. Ojalá pudiera decir que no habrá muertos, pero el primer ministro tiene las manos manchadas de sangre con nuestros soldados. ¿Cómo podemos permitir nosotros, los ciudadanos, semejante afrenta? No hace falta que venga ningún extranjero a mirarnos por encima del hombro ni decirnos cómo vivir ni a qué alianza política pertenecer. Ellos también cometen errores, pero nadie les recrimina nada.

Continué con mi discurso diez minutos hasta que llegué al párrafo final.

—Somos los garantes de la Constitución. Si el primer ministro y sus marionetas se ponen en contra de la población, no lo podemos tolerar.

»No puedo garantizar que no habrá muertes. Como dije antes, no diré mentiras, pero sí aseguro que eliminaremos la locura del jefe del Gobierno. A quien nos apoye, le animo a que salga a manifestarse, y restauraremos juntos el orden constitucional. También informo de la entrada en vigor de la ley marcial: las autoridades civiles deben someterse al control militar. Quienes se opongan, defenderán a un corrupto con las manos manchadas de sangre. ¡No descansaremos hasta conseguir una Etostrona libre e independiente! ¡Viva la República!

Dmitri hizo el gesto de cortar con la mano una vez apagado el piloto, y relajé los hombros. Estuve unos segundos rebajando mi respiración tras la actuación. Giré la silla en dirección a mis generales. Estaban con la cabeza gacha, y les pregunté con temor:

—¿Qué sucede?

Tardaron un momento en alzar cabeza.

—No sabemos cómo ocurrió, pero hay un número sin confirmar de muertos dentro de la Asamblea Nacional.

Me santigüé.

—¿Cómo hemos llegado a esta situación?

—No conocemos los detalles, y las versiones se contradicen. No podemos sacar nada en claro.

—¿Y nuestros aliados cómo están? ¿Viven? 

—El presidente de la Asamblea nos ha enviado un SMS y ha jurado dar la vuelta a la situación. Él y un cuarto de la Asamblea permanecen dentro del edificio. Casi la mitad de los diputados aprovecharon para huir y hemos retenido al resto. Nos ha anunciado que en breve saldrá por la tele.

Me senté en el sofá y cerré los ojos. No me lo podía creer. Menos mal que mi amigo seguía vivo. Quince minutos después, un general me avisó.

Me giré hacia la televisión y me concentré en la voz de Vasili, presidente de la Asamblea Nacional gracias a mis influencias. El primer ministro creía que me había derrotado en el congreso del partido, pero no tuvo en cuenta a mis socios.

Un periodista se acercó a Vasili, escoltado entre dos militares, y la cámara hizo un zum sobre los asientos, donde se veía a los diputados con caras pálidas, cortes sangrantes y trajes rotos. También se mostraban los destrozos y cascotes ocasionados por granadas a lo largo de las hileras de asientos en el edificio neoclásico, uno de los orgullos de nuestra nación.

El objetivo volvió a mi amigo. El periodista de la televisión pública alzó un micrófono inestable entre sus dedos temblorosos. Deseé suerte a Vasili.

—Señor presidente, gracias por atendernos en estos momentos tan delicados. Esto parece el escenario de una guerra. 

—Tiene usted razón. El Parlamento ha sido testigo de muertes por primera vez en su historia, y todo gracias al primer ministro.

—Eso es exagerar, ¿no cree?

—¿Qué le parece a usted que estuviéramos en mitad de una sesión y que la Guardia Nacional, siguiendo sus órdenes, entrara a gritos con las armas en alto?

—¿Qué hacían entonces los militares?

El periodista me parecía patético.

—Protegían la sesión a petición mía. Como presidente de la Cámara, entra dentro de mis atribuciones velar por el orden y la seguridad en la misma, máxime ante informaciones de posibles desórdenes públicos debido al descontento de la población gracias a la subida de impuestos anunciada por el primer ministro. Que yo sepa, los militares no han disparado contra los diputados ni molestaban para ejercer nuestro trabajo. Todo transcurría con normalidad hasta la llegada de la policía.

—Pero la seguridad de la Cámara corresponde a la Guardia, no a las Fuerzas Armadas.

—¿Me va a interrumpir a cada momento o me va a dejar responder a sus preguntas? —Sin esperar una respuesta, mi amigo continuó—: Un hecho es la costumbre y otra diferente la ley —dijo Vasili mientras alzaba su brazo, con un agujero de bala del que brotaba sangre.

Un enfermero militar corrió hasta mi amigo. Intentó vendar la herida pero fue despachado por los gruñidos secos de Vasili mientras el cámara no sabía dónde mirar.

—Consideré oportuno reforzar el equipo de seguridad con militares. El reglamento deja bien claro que corresponde al presidente de la Asamblea la seguridad de la Cámara, pero no el procedimiento. La Guardia Nacional del primer ministro, no los soldados, me ha disparado mientras le pedía explicaciones por su comportamiento irracional dentro del edificio.

—Es verdad, pero…

—¿Me está usted diciendo que es normal que la policía pegue tiros a los representantes del poder legislativo? ¿Defiende usted eso?

—No, pero la granada…

—No sé quién ha lanzado la granada, ¿acaso usted sí? Una guerra trae muertes. Es inevitable, y es lo que ha sucedido en esta institución cuando la Guardia Nacional ha entrado tiroteando a los diputados. Cuando los militares nos han defendido con su propia vida (sí, hay soldados muertos), he ordenado un receso tras asegurar el edificio. Durante el descanso, hemos visto los vídeos del primer ministro y del ministro de Defensa Nacional; me temo que debo dar la razón a Alexei Stepánovich.

—¿Defiende un golpe de Estado?

—Mi deber es velar por el bienestar de los diputados de la cámara y los intereses de los etostranos. El primer ministro ha intentado tomar a la fuerza la Asamblea Nacional, que representa la soberanía nacional. En cualquier país democrático se tildaría al primer ministro de golpista. ¿No le parece?

—¿Entonces qué sugiere? 

—En vista de los graves acontecimientos, declaro que la sesión de la Asamblea se prolongará sine die hasta resolver la situación. Además, hago un llamamiento a los diputados de todos los partidos para resolver esta crisis constitucional e institucional de forma sosegada. No es momento de enfrentamientos ni divisiones políticas. Debemos tomar la mejor decisión para los etostranos. Algunos diputados ya han sugerido cesar al primer ministro debido a su incapacidad mental declarada; otros, pedir el regreso inmediato del presidente de la República para que asuma el mando, y la mayoría no sabe quién debe asumir la jefatura interina del Gobierno. Son muchos temas a tratar.

—¿Pueden hacer eso sin la mayoría requerida de la Asamblea? ¿Qué pasa con la Constitución y las leyes?

—¿Acaso está estipulado cómo proceder en caso de agresión por parte del primer ministro contra la Cámara? Debemos ajustarnos a las circunstancias. Usted me está haciendo libremente una entrevista sin coacción ninguna, ¿verdad?

—Correcto.

—¿Por qué no puede hacer una entrevista al primer ministro? Hace escasos minutos que usted me comentaba su negativa a conceder entrevistas y tranquilizar a los ciudadanos. Nos encontramos frente a un golpe de Estado orquestado por el primer ministro: han intentado matarme, y si solo fuera eso… pero han intentado secuestrar la voluntad de los ciudadanos y disparado contra los diputados. No olvidemos que el Parlamento representa la soberanía nacional, no el Gobierno.

—¿Entonces a-afirma que el ministro de Defensa, Alexei Stepánovich, n-no está d-dando un golpe de Estado? —preguntó el periodista con tartamudeos.

—Eso mismo digo —respondió mi amigo alzando los hombros—. ¿Acaso defiende que la Guardia Nacional entrara de forma ilegal disparando contra los diputados?

—No, claro que no. Lo condeno.

Vasili iba a añadir algo más, pero un militar se le acercó, le habló al oído y él asintió. 

—Lamento ser brusco, pero me informan de que una oleada de guardias nacionales se aproxima. Le recomiendo que se ponga a salvo y rece por nuestras almas.

El presidente del Parlamento se marchó sin dar ocasión de réplica. Quité volumen al televisor mientras unas sonrisas lobunas surgían entre mis generales.

—Menos mal que lo tenemos de nuestra parte —dijo un general—. Es un manipulador nato.

Yo solo asentí. Por dentro me sentía asqueado, pero ya era demasiado tarde. Me había lanzado a la piscina y quedaban dos opciones: romperme el cuello o entrar sin sobresaltos en el agua. Me preguntaba si mi hijo, estuviera donde estuviese, vería con buenos ojos lo que yo había orquestado por él.

***

En la soledad de mi celda resonaban los llantos de mi tripa vacía. Mi hijo me miraba con ojos acusadores. «¿De verdad, papá, te justificas de esta forma? ¿O es tu ego el que habla?».

—Alexei, mi querido hijo. Todo esto es por ti. ¿Cómo es posible que de repente un país se desmorone si todo funcionaba a la perfección? ¿O son ilusiones mías? Por mucho que los occidentales denigren a los orientales, nosotros también conocemos la historia, e, incluso, tenemos opinión propia. Por mucho que ellos se empeñen, la democracia murió con los griegos, aunque tuvo un leve resurgir durante los romanos. ¿Por qué es mejor un sistema disfrazado de democracia, aunque no reconozca la verdad? Todavía nadie me ha explicado dónde radica la democracia en la manipulación de las masas y en los intereses de los partidos y los grupos de presión. ¿Acaso es una democracia si votamos cual borregos?

»Los insensatos llamaban logro a la democracia, cuando Hitler no ganó una, sino dos veces las elecciones. Me dijeron que fue un desliz insignificante en la historia. Les respondí que fue suficiente para causar la II Guerra Mundial.

»Alexei, sabía perfectamente dónde me metía. Mi objetivo es el mismo: evitar la muerte de jóvenes etostranos en el extranjero por el capricho de unos burócratas y ladrones que se llaman a sí mismos políticos.

Al coro exterior de balas se unió una orquesta de bombas. Por suerte, o por desgracia, parecía que mis leales me habían encontrado, aunque no sabía si sobreviviría al intercambio de granadas. Según se acercaban las bombas, se incrementaban las vibraciones; un trozo de yeso se desprendió del techo sobre mi hombro y me lo sacudí.

Como no estaba en mis manos arreglar la situación, volví a concentrarme en mi recuerdo.

***

—¡Señor, señor! —gritó mi ayudante—. Los primeros manifestantes a nuestro favor han empezado a reunirse en los alrededores del Parlamento. Los guardias nacionales no saben qué hacer.

—Gracias, Dmitri.

Cuando se marchaba me fijé en los rayos del sol y miré la hora, y le pedí que nos trajera algo de picoteo.

La tarde se sucedió en un maratón de batallas; perdimos algunas, ganamos otras. El hecho más significativo fue el alzamiento de un aliado imprevisto: el ministro de Agricultura. Reconocía que era un hombre tosco incapaz de guardar un secreto, pero también era de nuestro mismo palo ideológico. 

El muy bestia pidió a los campesinos sacar los tractores a la calle para cortar las caravanas de vehículos de la Guardia Nacional pero dejar paso libre a los militares. Al principio de la noche, los accesos a los pueblos y algunas de las principales vías a la capital estaban reguladas por los tractores. Nunca habría apostado por su idea, pero reconocía que, una vez que se le metía algo entre ceja y ceja, no se rendía hasta lograrlo. Uno de sus éxitos había sido un acuerdo ventajoso para el mundo rural, y ahora este le devolvía el fruto de su trabajo.

Por supuesto, la llamada telefónica fue obligatoria, y tuve que poner en práctica mi voz más zalamera con este zoquete. «Los sacrificios necesarios por la causa», pensé. Envié varias patrullas al ministerio de Agricultura para defender a mi nuevo aliado, además de varios militares de enlace para facilitar la comunicación .

Tras una noche de tensión sin dormir, el día siguiente trajo noticias contradictorias sobre el primer ministro. Unos espías afirmaban que se encontraba atrincherado en su palacio; otros, que había huido a regiones más afines. El resto del Gobierno había desapecido, a excepción del ministro de Interior y el de Exteriores, los perros falderos de mi enemigo; le eran fieles incluso en la guerra.

Por otro lado, la Asamblea Nacional había acordado, bien entrada la madrugada, destituir al primer ministro por violar la soberanía nacional. A falta de un Gobierno, habían pedido al presidente de la República que me encomendara la creación de uno nuevo. Mientras tanto, mi amigo Vasili había asumido la interinidad en el cargo de primer ministro.

El presidente de la República reaccionó demasiado tarde cuando, a primera hora del día, pidió a los poderes del Estado impedir el avance de las tropas golpistas; para entonces, la sociedad ya se encontraba polarizada. Manifestaciones de uno y otro bando se encaraban por los barrios de la capital. El presidente tampoco respondió a la petición de la Asamblea Nacional. La ignoró como quien ve un zapato usado en la calle, dejando otro conflicto de poder.

La rebelión había sido el catalizador de las rencillas. Etostranos contra etostranos, familias contra familias. Daba igual si me apoyaban o no: había roto el país, pero debía evitar cualquier debilidad; mi Alexei no estaba aquí para recriminar mis acciones.

Mi círculo de confianza se encontraba dividido sobre el siguiente paso: asestar un golpe letal a los «demócratas» y tomar el palacio del primer ministro o asegurar el terreno poco a poco. Un peliagudo dilema.

Mi Alexei decía que el que no arriesga no gana. A falta de un desempate, elegí seguir las palabras de mi sangre.

Decidimos hacer unas grabaciones para ganar la guerra psicológica bajo la hipótesis de que el palacio del primer ministro había sido abandonado. Al igual que un general encabeza las tropas en los ataques, acompañaría a mis hombres para infundir ánimos y salir en las tomas.

Mi pelotón grabaría las imágenes y daría a entender que habíamos tomado la residencia del primer ministro. No era un sitio con valor estratégico, más allá del poder simbólico que conllevaba controlar el centro político de la nación. Los exploradores confirmaron el abandono del palacio antes de proceder con la operación.

Las tomas con los vídeos transcurrieron sin imprevistos, pero, al prepararnos para marcharnos del edificio neoclásico, obra del mismo diseñador del Parlamento, una compañía enemiga nos sorprendió. Sin parlamentar ni darnos ocasión de rendirnos, abrieron fuego.

Lágrimas corrían por mi demacrado rostro mientras, uno a uno, mis valientes hombres defendían a un loco que había iniciado una cruzada vengativa por su hijo.

El soldado que llevaba la cámara me miró y bajó los ojos hacia su instrumento: seguía grabando la carnicería de los demócratas. Yo no sabía mucho de internet, pero esa cámara estaba preparada para subir los vídeos a una nube, o algo similar, en tiempo real. Parecía que deseaba decirme algo, pero una bala se lo impidió.

Mientras mis pocos valientes seguían en pie, me acerqué al soldado. Solo atiné a escuchar entre susurros.

—Que todos sepan la verdad de lo ocurrido aquí.

Sus ojos dejaron de verme.

Calculé la situación. Mis dos últimos valientes habían caído y me encontraba solo. Mi objetivo debía ser despistar a mis enemigos de la lucecita roja de la cámara, aunque me daba la sensación de que esta crecía por momentos.

Recé para interpretar el mejor papel de mi vida. Si debía morir, lo haría sin mostrar miedo, para que mi hijo estuviera orgulloso de mí.

Formaron un corro a mi alrededor con los subfusiles apuntándome al pecho. Me insultaban, me señalaban con dedos amenazantes y lanzaban risas de satisfacción unos a otros. Me levanté sin que la barbilla me temblara, situándome delante de la cámara.

—Sois despreciables. Ni siquiera llegáis a la categoría de bandoleros. Habéis abierto fuego sin avisar ni respetar las más mínimas reglas de la guerra. Os habéis limpiado vuestras posaderas con los convenios de Ginebra. ¿Y os hacéis llamar demócratas?

Un teniente se acercó y me dio un guantazo que soporté sin girar la cabeza.

—Aquí está el traidor que ha provocado el derramamiento de tanta sangre. Usted y sus seguidores no merecen ningún trato de cortesía.

Me escupió en la cara y alzó una pistola a la altura de mi frente. Seguí de pie, sin demostrar el más mínimo miedo. Ni siquiera me limpié el escupitinajo.

—Podéis hacer conmigo lo que queráis. Ya os habéis llevado la vida de mi hijo. ¿Qué otro mal lo superaría?

—No hay un mal suficientemente grande para alguien como usted. Es responsable de sus propios actos; solo hemos hecho justicia siguiendo las órdenes del primer ministro: disparar primero y preguntar después.

«Y luego me dicen que yo soy el malo. ¿Acaso no somos todos una mezcla de grises? ¿Quiénes son los héroes y quiénes los villanos?».

—Haced conmigo lo que deseéis antes de que muera de aburrimiento. Asesinadme a sangre fría y terminemos de una vez. Vuestros colmillos me están manchando el traje de veneno.

Un sargento se acercó corriendo al teniente con el entrecejo fruncido. Su superior alzó las cejas y giró la cabeza en todas direcciones hasta que localizó la cámara. Cerré los ojos mientras los hombros se me hundían.

Aplastó la cámara con la bota. El piloto murió.

—Gracias por convertirme en un mártir, teniente. Este video se ha retransmitido en directo, y el mundo ha visto cómo son los demócratas de verdad —dije con una sonrisa que no llegaba a mis ojos.

El color huyó de la cara del teniente.

Me dio un puñetazo y caí al suelo, mientras un reguero de sangre salía de mis labios. La mirada del teniente no dejaba dudas acerca de mi destino antes de alzar la pistola.

—Esto va por mi hermano, cabrón.

Un capitán atravesó el corro de soldados.

—Teniente, baje el arma. Queda relevado hasta nueva orden.

—Pero, señor…

—Gracias a usted hemos perdido la gracia de la opinión pública. ¿Cómo se os ocurre asesinar a etostranos de esta forma? Twitter arde con la carnicería y el enfrentamiento con ese sujeto. Nosotros no juzgamos; solo defendemos el orden constitucional. Llevaos al prisionero —indicó al sargento.

Me pusieron una capucha en la cabeza y me fui dando golpes en las espinillas con los cascotes del vestíbulo destrozado hasta que me subieron a un coche, donde me di en la cabeza. Tras media hora o tres cuartos, nos detuvimos y me arrastraron hasta una habitación. La misma en que permanecía encarcelado.

***

Se acercaban el intercambio de balas y alguna que otra granada; una cayó cerca y mis pies me avisaron, a través de los maltrechos zapatos, que la butaca cedería.

Amortigüé la caída apoyando las manos. El cristal del ventanuco no soportó tal tensión y se rompió. La luz del sol me dio directa en los ojos, que entrecerré antes de levantarme.

Me asomé a la ventana: mis hombres estaban desplegados alrededor de la casa. Mil soldados protegían un tanque, acompañados por quinientos guardias nacionales. ¿Cómo era posible? Sin duda, habían sucedido bastantes novedades durante mi retención.

Mis captores no llegaban a los quinientos guardias nacionales, y su número descendía con rapidez. Me pareció ver el reflejo de alguna cámara, pero no lo pude confirmar. Los seres humanos somos patéticos. ¿Reducir la guerra al mero control de la opinión pública? ¿Dónde habían quedado los ideales o el honor? ¿Acaso se había perdido en lo más profundo del armario el morir por la patria?

Un par de lágrimas se me escaparon al ser consciente de que era el causante de tantas muertes. Rezaba para que mi hijo estuviera orgulloso de mí. ¿Por qué había abandonado este mundo? ¿Por qué permití que el primer ministro lo condujera a la muerte? ¿Por qué somos tan estúpidos? Solo creamos problemas allá donde vamos.

Mi Alexei volvió a aparecerse al otro lado de la habitación.

«¿Por qué tienes tanta manía a las democracias? Son mejores que las dictaduras. Si llegas a triunfar, ¿así honrarás mi memoria?».

—La democracia es una ilusión infantil —dije en voz alta—. La idea de democracia es una utopía. ¿Recuerdas cuando defendías un futuro lleno de luz y sin ataduras del pasado? Yo respondía con las opiniones de personajes de la historia.

»A Carlos I de Inglaterra, antes de ser decapitado, se le atribuye la frase: «La democracia es una broma griega», una opinión muy acertada. También, no recuerdo dónde, escuché: «La democracia consiste en votar a quien te va a robar». Aristóteles clasificaba los sistemas de gobierno como puros e impuros. Uno de ellos consistía en la democracia, cuya degeneración era la demagogia. ¿Acaso existe alguna democracia pura? Las demagogias son las causantes del mundo loco donde vivimos y del sufrimiento de inocentes. Un demagogo te asesinó cuando vendió su alma a los extranjeros por más poder y dinero.

«Papá, tú siempre tan pesimista. ¿Por qué no admites que todos morimos? Lo mío fue un accidente. Cuando me alisté, conocía los riesgos. Tú no fuiste el responsable».

—Claro que fui el causante —grité—. No pude protegerte; es lo mínimo que se espera de un padre. Mi misión consistía en que no te pasara nada malo, y aquí estamos. Un padre no debe enterrar a sus hijos: es antinatural. Es el peor castigo imaginable por el hombre: no estamos preparados para esta situación. Los hijos deben llorar la muerte de sus padres, no al contrario. No me lo puedo perdonar, y cada día el dolor sigue igual. Así que…

Unos gritos me desconcentraron y la visión de mi Alexei desapareció. Las balas que acompañaban a los aullidos se encontraban cerca. Preguntas relativas a encontrar al primer ministro se infiltraban en mi aturdida mente.

¿A quién se referían con «primer ministro»? Yo solo era un padre que había perdido a su hijo sin ser capaz de castigar a los responsables de su muerte. 

La puerta se abrió de un tirón tan potente que las bisagras se rompieron. Dos soldados rasos entraron con los fusiles en alto, listos para disparar.

—¡Lo hemos encontrado! ¡Localizamos al primer ministro! —gritó uno—. Ya está todo bien, señor. Ahora lo llevaremos a casa.

Estaría hecho un cristo, desde la cabeza hasta los pies, pero tuvieron la consideración de no mencionarlo. Salí al pasillo y me encontré con multitud de soldados que aplaudieron según pasaba a su altura. Solo tenía fuerzas para inclinar la cabeza o alzar la mano de vez en cuando. Al salir de la casa, me aguardaba uno de mis generales, que me dedicó un saludo marcial.

—Señor, han ocurrido muchas cosas durante su cautiverio. La guerra va bien…

¿El militar pensaba de verdad que me importaba la evolución de la guerra? Si era sincero conmigo mismo, no esperaba triunfar. Como muerto en vida, ya me habían arrebatado lo más preciado que existe. El golpe de Estado había sido un medio para alcanzar la justicia. Solo pedía al Señor que me permitiera vivir lo suficiente para ver arrodillado al primer ministro, aunque luego todo se fuera al carajo. Hambre, sueño y fatiga se confabularon para impedirme pensar, sentir o indagar: estaba hecho polvo.

—Muchas gracias, general. Me gustaría ser un superhombre, pero me estoy muriendo de agotamiento. Solo aguanto de pie por la enorme ilusión de los hombres. Aprovecharé para dormir en el coche. Ya hablaremos en el ministerio, ¿le parece?

Un tenue rubor se extendió por su cara.

—Por supuesto, señor. Debería haber previsto este detalle.

—Nadie es perfecto, general, yo el primero. No hay nada que reprochar.

Los diálogos con mi hijo me habían ayudado a tomar una decisión: llamaría a mi mujer a la vuelta, aunque me rechazara.

Una vez dentro del coche, dudaba si pedir a Dios soñar o no con mi Alexei antes de caer rendido bajo el manto de la inconsciencia. Los muertos en vida también teníamos derecho a olvidar durante un rato, ¿no? 

¿Quieres aportar?

Política de Comentarios de Santi Limonche

Responsable: Santiago Limonche | Finalidad: Gestión de comentarios | Legitimación: Tu consentimiento.

  1. Blanca Fernández

    Fantástico, Santi. Muy bien narrado, con un ritmo ágil que te mantiene en vilo. Espero que haya tercera parte 🙂

    1. Estoy pensando en ideas para la tercera parte, Blanca. Me alegro de que te mantuviera en vilo el ritmo, espero no defraudar con la tercera parte.

  2. Maria Isabel

    Que buen relato, bien escrito e interesante! No podía dejar de leer

  3. JOSE LUIS JARNE GARCÍA

    El listón quedó alto en la primera parte, pero no defrauda la segunda. Buena historia y buen escritor. Así no tiene mérito ninguno! 😉

  4. Mercedes

    Descripción extraordinaria, con relatos muy bien llevados, que te hacen estar sintiendo en todo momento la tensión de la situación que están viviendo los diferentes personajes. Enhorabuena Santiago

    1. Santi Limonche

      Poder sentir la tensión y convivir con los personajes es un relato es crucial para vivir una novela. Como lector, también deseo eso. Gracias por tu aportación, Mercedes.