¿Alguna vez te has despertado con la extraña sensación de que el mundo real tiene menos sentido que tus sueños? Nos pasamos la vida adulta intentando encajar en casillas: horarios de oficina, protocolos sociales, normas de etiqueta y estructuras lógicas que, si las analizas con frialdad un martes por la tarde, a menudo se desmoronan por su propio peso. Es curioso, ¿verdad? Buscamos desesperadamente el orden en un mundo que tiende al caos, pero castigamos a quien se atreve a señalar que el emperador va desnudo.
No te voy a hablar hoy de un simple cuentacuentos que entretenía a niñas victorianas en barcas de remos. Te voy a hablar de una mente privilegiada que entendió algo fundamental: la fantasía más pura no nace del desorden aleatorio, sino de una lógica tan estricta, tan férrea y tan matemática, que acaba dando la vuelta al marcador y convirtiéndose en locura.
Prepárate, porque vamos a descender por la madriguera del conejo, y te advierto: las matemáticas que te enseñaron en el colegio están a punto de romperse.
Lewis Carroll es…
Lewis Carroll es el seudónimo literario de Charles Lutwidge Dodgson (1832-1898), un diácono anglicano, fotógrafo pionero y, sobre todo, un brillante lógico y profesor de matemáticas en la Universidad de Oxford. Aunque la historia lo recuerda como el padre de Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas, definirlo solo como autor infantil es un error de cálculo garrafal. Carroll es el arquitecto supremo del «sinsentido» (nonsense), un género literario que no busca la falta de sentido, sino que utiliza la rigurosidad de la lingüística y la lógica matemática para subvertir las expectativas racionales, creando universos donde la única forma de sobrevivir es aceptar que las reglas han cambiado de base.
El matemático que calculó la fantasía
Para entender realmente qué ocurre en el País de las Maravillas, primero tenemos que separar al hombre del mito, o mejor dicho, entender cómo el profesor construyó al genio. Charles Lutwidge Dodgson no era un bohemio que escribía versos en servilletas manchadas de vino en una taberna de Londres. Era un hombre de costumbres rígidas, un profesor residente en el Christ Church de Oxford cuya vida estaba regida por la geometría euclidiana, el álgebra y la lógica simbólica más tradicional.
Aquí es donde la historia se pone fascinante y donde, quizá por deformación profesional, me siento profundamente conectado con su figura. Como alguien que también estudió matemáticas antes de atreverse a escribir fantasía épica, entiendo esa extraña pulsión que debió sentir Dodgson: la necesidad imperiosa de que la magia tenga reglas.
La cultura popular, a través de películas y adaptaciones edulcoradas (te estoy mirando a ti, Disney), nos ha vendido la idea de que Alicia es un viaje psicodélico, casi alucinógeno. Pero si levantamos la alfombra y miramos los cimientos, no encontramos caos ni sustancias prohibidas; encontramos ecuaciones. El País de las Maravillas no es un lugar sin ley; es un lugar donde las leyes matemáticas se llevan al extremo hasta que se rompen.
La sátira de las «Nuevas Matemáticas»
Lo que poca gente sabe es que Dodgson era un conservador en el ámbito matemático. Odiaba las nuevas tendencias abstractas que surgían en el siglo XIX, como los números imaginarios o la geometría no euclidiana. Para él, las matemáticas debían describir la realidad física, no ser meras abstracciones teóricas.
Cuando Alicia intenta recitar la tabla de multiplicar y falla estrepitosamente, no es porque sea «tonta». Fíjate en lo que dice: «Cuatro por cinco son doce, cuatro por seis son trece, y cuatro por siete son… ¡ay, nunca llegaré a veinte a este paso!».
¿Por qué dice eso? Dodgson está jugando con los sistemas de base numérica:
- 4 x 5 = 12 (en base 18).
- 4 x 6 = 13 (en base 21).
- Siguiendo la progresión (aumentando la base en 3 cada vez), la lógica se rompe al llegar a 4 x 12.
Es una broma interna para matemáticos. Dodgson nos está diciendo que, si cambiamos las reglas del juego (la base numérica), la verdad absoluta de que «dos más dos son cuatro» deja de ser válida.
El Gato, la Topología y los Cuaterniones
El Gato de Cheshire es otro ejemplo magistral. En aquella época, los matemáticos empezaban a explorar la topología, una rama donde las formas pueden estirarse y deformarse sin perder sus propiedades. Un bebé puede convertirse en un cerdo (como ocurre en el libro) si topológicamente son equivalentes. Y un gato puede desaparecer dejando solo su sonrisa, lo que podría interpretarse como una crítica mordaz a quienes separaban las propiedades de un objeto (la sonrisa) de su sustancia física (el gato).
Y no olvidemos la famosa fiesta del té del Sombrerero Loco. El Tiempo (personificado como un «él») se ha detenido a las seis. Los personajes están atrapados en un bucle, girando alrededor de la mesa para siempre. Algunos académicos sugieren que esto es una parodia de los cuaterniones de William Rowan Hamilton, un sistema numérico de cuatro dimensiones que incluye tres dimensiones espaciales y una temporal. En los cuaterniones, la propiedad conmutativa (A x B = B x A) no funciona. En la mesa del té, la lógica tampoco conmuta: «Veo lo que como» no es lo mismo que «Como lo que veo». Dodgson estaba burlándose de estas «peligrosas» nuevas ideas que complicaban la vieja y confiable geometría.
La lógica del absurdo y el juego del lenguaje
Del mismo modo que manipulaba números, Carroll manipulaba el lenguaje con la precisión de un cirujano. Inventó el concepto de la «palabra maleta» (portmanteau), donde dos términos se fusionan para crear un nuevo significado. Por ejemplo, «visjogoso» es una mezcla de viscoso y jugoso.
Para un matemático, esto es un proceso natural: es como definir una nueva función f(x) combinando dos variables existentes. Su poema Jabberwocky es la prueba definitiva de que la sintaxis puede sobrevivir aunque la semántica se evapore.
«Borgueaba. Los viscovivos toves…». No sabemos qué es un tove, ni qué significa borguear, pero sabemos que «toves» es el sujeto y «borgueaba» es el verbo. Entendemos la estructura algebraica de la frase (A realiza la acción B), aunque las variables sean incógnitas.
El duelo dialéctico
El humor de Carroll no es aleatorio; es silogismo puro llevado al ridículo. Recuerda la escena con la Liebre de Marzo:
—Toma un poco de vino —dijo la Liebre.
Alicia miró por toda la mesa, pero allí no había nada más que té.
—No veo ningún vino —observó.
—No hay ninguno —dijo la Liebre.
—Entonces no es muy educado por su parte ofrecérmelo —dijo Alicia, enfadada.
—Tampoco es muy educado por tu parte sentarte sin ser invitada —dijo la Liebre de Marzo.
Es un duelo de lógica proposicional. La Liebre demuestra que si la premisa de la cortesía se aplica a Alicia (esperar invitación), también debe aplicarse a la oferta de vino inexistente. Carroll nos enseña que la lógica es una herramienta neutral: puede usarse para descubrir la verdad o para justificar la locura más absoluta.
El miedo a crecer: la identidad fracturada
Más allá de las fórmulas y los juegos de palabras, la obra de Carroll toca una fibra muy humana, dolorosa y universal: el terror al cambio.
La pregunta más famosa del libro no es un acertijo matemático, es una interpelación existencial directa de la Oruga Azul: «¿Quién eres tú?».
Alicia, que ha cambiado de tamaño tantas veces ese día que ya no reconoce su propio cuerpo, responde con una honestidad desgarradora: «Apenas sé, señor, quién soy en este momento… Sé quién era al levantarme esta mañana, pero creo que he cambiado varias veces desde entonces».
Esa inestabilidad es profundamente humana. Todos hemos sentido ese vértigo. La transición de la niñez a la edad adulta —ese territorio victoriano rígido, industrial y lleno de normas hipócritas— es aterradora. Carroll, que tartamudeaba y se sentía perpetuamente incómodo en el mundo de los adultos (prefería la compañía de los niños, donde la imaginación aún no había sido domesticada), creó un refugio donde ser niño era la única forma sensata de existir.
El País de las Maravillas funciona como un mecanismo de defensa. Es la resistencia de la imaginación frente a una realidad gris que exige productividad y seriedad. Y aunque se disfrace de cuento, habla de la soledad, de la incomprensión y de la búsqueda desesperada de un sentido de pertenencia, aunque sea en un lugar donde las reinas juegan al críquet usando flamencos como mazos.
De la pizarra a la construcción de mundos
Aquí quiero detenerme en un punto que a menudo paso por alto cuando hablo de escritura, pero que es vital: la relación simbiótica entre las ciencias exactas y la literatura fantástica.
Existe el prejuicio cultural de que las matemáticas son frías y la literatura es caliente; que una es cerebro y la otra corazón. Lewis Carroll, y humildemente mi propia experiencia, demuestran que esto es falso. Las matemáticas son el estudio de los patrones, de las estructuras invisibles que sostienen la realidad. La fantasía épica hace exactamente lo mismo: crea patrones y estructuras invisibles (sistemas de magia, geopolítica, panteones divinos) para sostener una realidad alternativa.
Cuando diseño un sistema de magia o la economía de un reino en mis libros, no puedo evitar pensar en variables, constantes y axiomas. Carroll hacía lo mismo, pero a otro nivel.
Su segunda obra maestra, A través del espejo, está estructurada literalmente como una partida de ajedrez real. Si coges el libro y un tablero, puedes seguir los movimientos. Alicia empieza como un peón y su objetivo es llegar a la octava casilla para coronarse reina. Cada capítulo corresponde a un movimiento legal en el tablero.
La lección magistral que nos deja Carroll a los escritores de fantasía modernos es que la imaginación necesita un esqueleto. Un dragón puede volar porque hay magia, sí, pero esa magia debe tener un coste, un límite, una termodinámica interna. Sin esa lógica matemática de fondo, la fantasía se convierte en un simple delirio febril. Con ella, se convierte en un mundo habitable, sólido y creíble.
La vigencia del Conejo Blanco
A más de un siglo de su muerte, Charles Lutwidge Dodgson sigue vigente. Y no es porque inventara monstruos divertidos, sino porque entendió que la realidad, a veces, es el verdadero monstruo. Nos enseñó que está bien estar un poco loco, que «las mejores personas lo están», y que a veces, para resolver el problema más complejo de nuestras vidas, hay que dejar de pensar como un adulto responsable y empezar a mirar el mundo con la curiosidad implacable de un niño (o de un matemático frente a una paradoja irresoluble).
Lewis Carroll no escribió para escapar de la realidad, sino para demostrar que la realidad es mucho más maleable de lo que creemos si nos atrevemos a cuestionar sus axiomas. Nos invitó a dudar de todo: del tiempo, del espacio, del lenguaje y de nuestra propia identidad.
¿Te atreves a cruzar el umbral?
Si te fascina cómo la lógica puede convivir con la magia y cómo los mundos fantásticos pueden tener una estructura tan sólida como una catedral gótica (o una ecuación diferencial), quizá encuentres un refugio similar en mis historias.
Soy Santi Limonche, y en mis novelas de fantasía épica vuelco esa misma obsesión por los mundos coherentes, donde la aventura se siente real porque las reglas importan y tienen consecuencias. Te invito a suscribirte a mi newsletter, donde disecciono la escritura (y a veces la vida) con la precisión de quien no ha olvidado sus raíces matemáticas, pero prefiere usarlas para contar mentiras que cuentan la verdad.
De vez en cuando envío una carta con fragmentos inéditos, mitología, humor de escritor y alguna que otra confesión heroica.
Te interesará saber...
¿Qué relación existe entre Lewis Carroll y las matemáticas?
Lewis Carroll (Charles Dodgson) era profesor de matemáticas en Oxford. Sus libros infantiles contienen críticas ocultas a conceptos matemáticos avanzados de su época, como el álgebra simbólica y la geometría no euclidiana, que él rechazaba por considerarlos contrarios a la lógica tradicional.
¿Por qué la tabla de multiplicar de Alicia no tiene sentido?
Cuando Alicia falla al multiplicar ($4×5=12$), está operando en bases numéricas cambiantes (base 18, base 21, etc.). La progresión matemática hace que la lógica colapse al llegar al número 20, satirizando la arbitrariedad de cambiar los sistemas de referencia.
¿Qué significan los cuaterniones en Alicia en el país de las maravillas?
La fiesta del té del Sombrerero Loco se interpreta como una burla a los cuaterniones de Hamilton. El «Tiempo» está ausente o asesinado, y los personajes giran en un plano sin avanzar, reflejando la pérdida de la propiedad conmutativa que tanto molestaba a Dodgson.
¿Es el Gato de Cheshire una referencia científica?
Sí, se vincula a la topología y a la separación entre sustancia y atributo. El hecho de que la sonrisa permanezca sin el gato parodia las abstracciones matemáticas que estudian propiedades aisladas de la materia física.
¿Cómo influye la matemática en la escritura de fantasía de Santi Limonche?
Santi Limonche utiliza su formación matemática para dotar de coherencia a sus mundos fantásticos. Aplica la lógica de patrones y sistemas axiomáticos para crear reglas mágicas y economías ficticias que sean sólidas y creíbles, siguiendo el ejemplo de Carroll.
¿Qué es una palabra maleta o portmanteau?
Es un recurso lingüístico inventado por Carroll que consiste en fusionar dos palabras y sus significados en una sola (ej. «visjogoso» = viscoso + jugoso). Matemáticamente, funciona como una función combinatoria de dos variables semánticas.
¿Está "A través del espejo" basado en el ajedrez?
Absolutamente. Carroll diseñó la trama siguiendo una partida de ajedrez real. Los movimientos de los personajes por el mundo corresponden a jugadas legales, y Alicia representa a un peón que cruza el tablero hasta coronarse reina en la octava fila.
¿Qué crítica social esconde el "nonsense" de Carroll?
El nonsense ataca la rigidez de la educación y las normas sociales victorianas. Al aplicar una lógica estricta a situaciones sociales absurdas, Carroll expone la hipocresía y la falta de sentido real de muchas convenciones adultas de su tiempo.


