Fantasía moderna y la mitología

Por qué la fantasía moderna necesita volver a la mitología

¿A dónde van a parar los viejos dioses cuando dejamos de creer en ellos?

No hablo de las estatuas rotas ni de los templos sepultados bajo la maleza. Me refiero a esa necesidad tan nuestra de buscar un orden dentro de este caos absoluto que llamamos vida. Llevo un buen rato mirando la pantalla en blanco (con la taza de café ya fría a mi lado) y dándole vueltas a cómo la literatura fantástica ha ido mutando con los años.

Es curioso cómo hemos pasado de los grandes relatos luminosos a historias donde hemos pasado a una escala de grises difusos. Supongo que las cosas cambian con el tiempo, sencillamente. No es mejor ni peor. Pero tengo la intuición persistente de que la fantasía contemporánea necesita recuperar urgentemente algo de aquella magia primigenia.

La mitología es el idioma simbólico que la humanidad emplea para dar forma a sus terrores, sus esperanzas y su lugar en el cosmos.

No se trata de un puñado de cuentos infantiles o de supersticiones rancias diseñadas para asustar a los incautos frente al fuego. Son las verdades más profundas de nuestra especie, codificadas a través de monstruos, héroes y fuerzas de la naturaleza. Cuando un marinero griego miraba al mar nocturno y temía a Poseidón, no solo tenía miedo al agua salada. Temía a la furia incontrolable, a lo impredecible, a la muerte repentina que llega sin avisar y no acepta sobornos.

El peso del asombro en las estanterías

Si miras las mesas de novedades de cualquier librería hoy en día, verás que la piel de la fantasía es distinta a la de hace unas décadas. Las sagas que marcaron mis años universitarios (hablo de El Señor de los Anillos, las Crónicas de Belgarath o esa joya incombustible que es la Dragonlance) bebían directamente del pozo insondable del mito clásico. En sus páginas respiraba un sentido del asombro genuino, un respeto reverencial por lo sagrado y lo profano. El bien y el mal tenían contornos reconocibles, y el mundo se sentía antiguo, vasto y lleno de propósitos ocultos.

Hoy las historias prefieren la crudeza del asfalto, aunque sea de adoquines medievales. Nos encantan los antihéroes rotos, las traiciones políticas de salón, la mugre en las uñas del protagonista y los finales donde nadie come perdices. Como lector y escritor, disfruto enormemente de esa escala de grises. Escribir sobre personajes imperfectos que toman decisiones espantosas bajo presión es un ejercicio narrativo verdaderamente fascinante.

Mas (recordando que el mundo evoluciona y las modas giran como una rueda de molino) a veces siento que nos hemos vuelto demasiado clínicos con nuestra propia imaginación. Hemos diseccionado tanto la magia que le hemos extirpado el misterio en la mesa de operaciones.

Tratamos de justificar los sistemas mágicos como si fueran manuales de instrucciones de un frigorífico y mostramos a las deidades como si fuesen meros concejales de urbanismo con poderes sobrenaturales. Al hacer esto, corremos el enorme riesgo de vaciar la fantasía de su propósito original: conectarnos con esa parte de nuestra psique que todavía se sobrecoge al escuchar el retumbar de un trueno en plena madrugada.

El reflejo de nuestros propios abismos

No podemos separar los mitos de la experiencia humana más cruda y básica. Todos, desde el rey más poderoso hasta el lector que sostiene un libro en el metro, compartimos los mismos terrores fundamentales. Padecemos el miedo a la muerte, sufrimos la ansiedad constante ante la pérdida de nuestra identidad y nos consume la búsqueda desesperada de un sentido vital en un universo indiferente.

Los mitos clásicos abordaban esto sin paños calientes. El viaje al inframundo de Orfeo no es solo una aventura para rescatar a una muchacha bonita. Es el duelo encarnado, es la negación visceral humana a aceptar que el final de quienes amamos es absoluto e irreversible.

La fantasía, cuando funciona a su máxima potencia ruge con esta misma energía heredada. Nos ofrece un espejo seguro donde mirar directamente a los ojos de nuestros propios monstruos sin convertirnos en piedra. Cuando acompañas a un personaje a través de un bosque oscuro y plagado de criaturas hostiles, en realidad estás transitando por tus propias dudas. Estás caminando entre tus inseguridades y enfrentándote a esa sensación aplastante de no saber qué diablos hacer con tu vida cuando te levantas por la mañana.

El viaje interior del héroe no requiere que este sea un paladín inmaculado de armadura brillante. Puede ser un ladrón cobarde, un mago con problemas de ira o una guerrera cansada de luchar. Lo que verdaderamente importa aquí es la transformación íntima. Y esa transformación necesita un marco que sea mucho más grande que el propio individuo. Necesita fuerzas que le superen, necesita la escala de la mitología. Sin ese peso simbólico aplastando los hombros del protagonista, el viaje épico corre el peligro de quedarse en una simple y olvidable sucesión de anécdotas violentas.

Escribir entre el caos y el orden matemático

Todo este asunto de la mitología y la creación me toca muy de cerca cada vez que me siento a teclear en mi estudio. Yo llegué al oficio de la escritura de una forma bastante extraña, casi como un accidente de tráfico. Estudié matemáticas (sí, los números fríos, las integrales y las ecuaciones diferenciales fueron mi pan de cada día durante años) y acabé dedicándome al desarrollo web.

Una vida muy lógica, muy ordenada, terriblemente predecible. Hasta que un jueves me desperté en la cama con una sensación física abrumadora: tenía que escribir una novela. Fue un impulso tan irracional e intenso que no hubo forma de ignorarlo. Las musas, o lo que sea que habite en esa zona indómita del cerebro que no controlamos con la razón, habían decidido asignarme una tarea sin pedirme permiso.

Así nació mi propio universo literario. Si alguna vez te pica la curiosidad y decides asomarte a la información sobre mi mundo, la cual he volcado con mimo en Ferantir, comprobarás muy pronto que no es un lugar pacífico para ir de vacaciones. En Ferantir gobierna el caos más absoluto. La paz entre los mortales frágiles y las fuerzas superiores es apenas una ilusión resquebrajada, un cristal a punto de estallar en mil pedazos.

Al construir este escenario inmenso, me di cuenta enseguida de que no podía limitarme a poner un puñado de reyes ególatras peleando por un trozo de tierra cultivable. Necesitaba un trasfondo denso que diera un sentido real al sufrimiento y a la lucha de los personajes. Necesitaba mis propios mitos fundacionales. Si te animas a visitar la cámara acorazada de los dioses de mi universo, conocerás a entidades implacables como Darma, el dios supremo del orden.

Darma no encaja en el molde del típico villano de opereta que quiere destruir el mundo simplemente porque se ha levantado de mal humor. Él pretende castigar a toda la humanidad despertando un mal antiguo, movido por una lógica fría y aplastante desde su particular perspectiva divina.

Quiere imponer, cueste lo que cueste, su visión estricta de cómo deben ser las cosas. Y justo aquí es donde la escala de la mitología choca de frente con la experiencia humana terrenal: el conflicto moral. En mi mundo, las decisiones tienen un peso asfixiante. Los sacrificios dejan cicatrices profundas que no se curan bebiendo una triste poción mágica.

Al introducir en la trama deidades que representan conceptos en estado puro (como el orden extremo y tiránico frente al caos absoluto y destructor) el conflicto de los protagonistas de carne y hueso adquiere una dimensión existencial diferente. Ya no se trata solo de sobrevivir al invierno o ganar una batalla de espadas, es la agonía de decidir qué tipo de mundo merece la pena salvar de las llamas.

La cicatriz compartida bajo las estrellas

La literatura fantástica moderna es una bestia maravillosa en su complejidad. Hemos ganado muchísimo terreno en profundidad psicológica, en representatividad social, en tramas laberínticas que desafían constantemente nuestra inteligencia como lectores. No reniego en absoluto de la fantasía actual. Al fin y al cabo, todo lo que muta se mantiene vivo y coleando. Las tendencias literarias respiran a pleno pulmón, adaptándose de forma natural a lo que la sociedad angustiada necesita leer en cada momento histórico concreto.

Hoy en día necesitamos que los libros nos confirmen que el mundo es gris, porque encendemos las noticias y comprobamos aterrados que, efectivamente, la pureza total es una quimera inalcanzable. Así que llenamos nuestras páginas de barro de las trincheras, sangre coagulada y moralidad cuestionable.

Pero hay un rincón muy antiguo en nuestra mente primate que sigue necesitando lo sagrado para no volverse loca. Ese espacio silencioso que anhela mirar hacia arriba en la noche despejada y sentir que hay algo inmensamente más grande, más antiguo y más misterioso que nuestras miserables peleas cotidianas por pagar las facturas.

Volver a abrazar la mitología en la literatura no significa, ni por asomo, regresar a historias planas donde el héroe guapo gana siempre y el villano feo viste ropajes negros. Significa devolverle a la fantasía su inmensa capacidad de evocar asombro. Significa recordar con humildad que, por mucha ciencia que acumulemos en discos duros y por mucho cinismo intelectual del que hagamos gala, en el fondo seguimos siendo aquellos mismos primates asustados que se contaban historias increíbles junto al calor del fuego para intentar ahuyentar a las sombras que acechaban en la caverna.

No tengo todas las respuestas universales a este debate, claro está. Apenas logro mantener a raya mis propios bloqueos frente al folio en blanco la mayoría de las mañanas. Es muy probable que mi visión esté teñida fuertemente por la nostalgia sentimental de aquellos libros gruesos que devoraba en la biblioteca de la universidad, ignorando olímpicamente mis apuntes de cálculo numérico.

A pesar de las dudas, creo firmemente que necesitamos convivir con ambos mundos. Necesitamos la crudeza implacable del realismo para mantener los pies anclados al suelo y reconocer sin tapujos nuestras propias miserias humanas. Y también necesitamos el lenguaje majestuoso del mito, con sus dioses inescrutables y sus fuerzas primigenias desatadas, para elevar la mirada por encima de la mediocridad y recordar que el viaje de la vida importa. Que nuestras cicatrices invisibles tienen un significado profundo en el gran tapiz del universo, aunque ahora mismo no seamos capaces de verlo.

El fuego primigenio sigue encendido y la noche allá afuera sigue siendo igual de oscura y amenazante. Solo tenemos que volver a aprender a contar las estrellas con el respeto reverencial que merecen. A veces, la mayor de las rebeldías en un mundo hiperconectado y desencantado es, simplemente, atreverse a escribir sobre el misterio.

¿Te apetece seguir explorando estos rincones ambiguos, oscuros y luminosos de la imaginación humana? Si disfrutas con la fantasía épica que no aparta la mirada de las cicatrices morales y quieres descubrir de primera mano qué ocurre cuando un dios decide que la humanidad ya ha agotado toda su paciencia, te invito a adentrarte en mis novelas. Y si prefieres recibir reflexiones sobre literatura, vida y mitos directamente en tu buzón (escritas con la misma honestidad y alimentadas por la misma cantidad ingente de café), apúntate a mi newsletter. Prometo solemnemente no enviar a ninguna deidad vengativa a asediar tu bandeja de entrada.

Cartas desde Ferantir

De vez en cuando envío una carta con fragmentos inéditos, mitología, humor de escritor y alguna que otra confesión heroica.

¡Gracias por suscribirte! Ya estás en nuestra lista.

Ha ocurrido un error. Por favor, intenta de nuevo.

Te interesará saber...

¿Qué relación existe entre la mitología y la fantasía épica?

La mitología actúa como el esqueleto fundacional de la fantasía épica. Proporciona un lenguaje simbólico y arquetípico que permite explorar miedos universales, dilemas morales y la búsqueda de sentido vital a través de elementos mágicos y fuerzas que superan la escala humana.

¿Por qué la literatura fantástica moderna tiende a ser más oscura?

La fantasía contemporánea, a menudo catalogada como «grimdark», refleja el cinismo y la complejidad de la sociedad actual. Prefiere explorar zonas grises, ambigüedad moral y crudeza realista antes que los absolutos del bien y el mal propios de las obras clásicas.

¿Es mejor la fantasía clásica que la contemporánea?

Ninguna es objetivamente mejor. Ambas responden a necesidades narrativas de su tiempo. La clásica aporta un sentido de asombro y conexión con lo sagrado, mientras que la contemporánea ofrece profundidad psicológica y un reflejo realista de la imperfección humana.

¿Cómo nos ayudan los mitos literarios a entender nuestra propia identidad?

Los mitos funcionan como espejos seguros donde el lector puede enfrentarse a sus propios demonios internos. Al acompañar a los personajes en sus transformaciones enfrentándose a fuerzas primigenias, procesamos de forma indirecta nuestros miedos a la muerte, al fracaso y al caos de la vida real.

¿Por qué es crucial el conflicto moral en la construcción de mundos fantásticos?

El conflicto moral ancla los elementos fantásticos a la realidad emocional del lector. Dota de peso y consecuencias reales a las acciones de los personajes, convirtiendo una simple aventura de acción en un viaje de transformación existencial que deja cicatrices narrativas.

¿Cómo afecta el entorno mítico al desarrollo del viaje del héroe?

Un entorno mítico sitúa al protagonista frente a fuerzas que superan su control humano. Esta escala épica subraya la fragilidad del personaje y hace que su triunfo (o fracaso) moral y psicológico adquiera un significado trascendental dentro de la historia.

Deja un comentario

Política de Comentarios de Santi Limonche

Responsable: Santiago Limonche | Finalidad: Gestión de comentarios | Legitimación: Tu consentimiento.