Charles Perrault

Charles Perrault y el origen de la fantasía

¿A qué le tienes miedo exactamente cuando apagas la luz del pasillo y caminas hacia tu habitación en mitad de la noche? Piénsalo un segundo. Eres una persona adulta, pagas impuestos, sabes perfectamente que no hay monstruos bajo la alfombra y, pese a todo, tu corazón se acelera una fracción de segundo. Tu respiración se vuelve más superficial. Tu cerebro más primitivo te advierte (te grita, más bien) que ahí fuera, en las sombras, hay algo hambriento que te está observando. Ese terror atávico, esa sensación irracional de ser una presa, es el material exacto del que están hechas las mejores historias de la humanidad. Y si queremos entender cómo ese miedo se convirtió en literatura, tenemos que sentarnos a hablar de un cortesano francés del siglo diecisiete que lo cambió todo.

«Charles Perrault es» el escritor y académico francés que transformó los sangrientos relatos de transmisión oral en cuentos literarios para la alta sociedad, sentando con su obra las bases narrativas de la fantasía moderna y del terror psicológico.

La gran ironía es que casi todo el mundo lo recuerda hoy como una especie de abuelito entrañable que inventó historias infantiles para que los niños durmieran tranquilos. La verdad es muchísimo más oscura, más áspera y (siendo sinceros) mucho más fascinante para cualquiera que disfrute de la fantasía épica. Vamos a quitarle el polvo a la historia y a mirar de frente a los monstruos originales.

El barro y la sangre bajo los zapatos de la corte

Para comprender a este hombre, te pido que viajes mentalmente a la Francia del Rey Sol, Luis XIV. Imagina los pasillos inmensos, las pelucas empolvadas que pesaban kilos, los perfumes asfixiantes diseñados para enmascarar la falta de higiene y las intrigas palaciegas. Perrault no era un campesino. Era un burgués acomodado, un burócrata cultural metido hasta el cuello en la política de su tiempo. Participó de forma muy activa en disputas intelectuales donde defendía que su generación era superior a los antiguos griegos y romanos.

Nadie podría haber adivinado que su mayor legado nacería de las voces de los más pobres. En mil seiscientos noventa y siete publicó un volumen breve llamado Cuentos de antaño, o como se le conoce popularmente: Cuentos de mamá ganso.

Lo que este autor logró fue un acto de alquimia narrativa sin precedentes. Tomó las historias que las amas de cría, las sirvientas y las campesinas se contaban al calor del fuego durante las noches interminables de invierno. Aquellas narraciones originales no tenían hadas madrinas sonrientes ni canciones pegadizas. Eran relatos brutales, descarnados. Estaban plagados de canibalismo, violaciones, mutilaciones y una violencia gráfica espantosa. Funcionaban como advertencias literales para sobrevivir en un mundo que no perdonaba la debilidad.

Perrault tomó ese material inflamable, le quitó la sangre más escandalosa, vistió a los protagonistas con ropajes de la nobleza, les añadió una moraleja en verso y los soltó en los elegantes salones de París. El éxito fue absoluto. Los nobles se fascinaron con estas historias porque, bajo todo ese barniz de seda y buenas maneras, el núcleo de terror primordial seguía latiendo con muchísima fuerza.

El lobo, el ogro y la cámara sangrienta

Si nos paramos a destripar la experiencia humana que se oculta en estas páginas, nos damos cuenta de que Perrault estaba dibujando un mapa muy preciso de nuestras peores pesadillas. No escribía sobre trucos de magia baratos; escribía sobre la pura supervivencia.

Fíjate en «Caperucita Roja». Borra de tu mente la versión edulcorada que te han vendido, esa donde aparece un valiente cazador para abrirle la barriga al lobo y salvar a todo el mundo. En el texto original del siglo diecisiete no hay cazador. El lobo engaña a la niña, se come a la abuela, invita a la joven a meterse en la cama con él y, acto seguido, la devora. Fin de la historia. El mensaje no podía ser más directo: hay depredadores sociales ahí fuera, a menudo disfrazados con palabras suaves y sonrisas encantadoras, y si eres inocente te van a destruir. Es una alegoría dolorosamente humana sobre el abuso y la pérdida violenta de la inocencia.

Luego tenemos «Barbazul», un relato que me obsesiona cada vez que me siento a teclear. Un noble inmensamente rico entrega a su joven esposa un manojo de llaves. Le dice que puede abrir cualquier puerta de su inmenso castillo, salvo una. La curiosidad, ese motor implacable de la naturaleza humana, acaba venciendo al miedo. Ella abre la pequeña puerta prohibida y descubre el suelo encharcado en sangre reseca, con los cadáveres de las esposas anteriores colgando de las paredes. Es un descenso brutal hacia el descubrimiento del mal dentro de tu propio refugio. Habla del control absoluto, de la opresión, del terror a no conocer realmente a la persona que duerme a tu lado.

Y no podemos dejar atrás a «Pulgarcito». Hoy lo consumimos como una historia de ingenio infantil. En la Francia de aquella época (golpeada por inviernos letales y hambrunas que diezmaban a la población), el abandono de menores en los bosques era una tragedia cotidiana. Los padres, incapaces de alimentar a sus hijos, los dejaban a su suerte para no verlos morir de inanición en casa. El ogro que huele a «carne fresca» es la encarnación física del hambre atroz que devora a los más vulnerables.

El ser humano necesita ponerle un rostro físico a sus tragedias para poder soportarlas. Perrault canalizó el terror existencial de todo un país y nos legó un catálogo de monstruos que seguimos usando a día de hoy.

El viaje interior a través del bosque oscuro

¿Por qué estas historias tan antiguas siguen resonando en nuestras entrañas? Psicólogos de la talla de Carl Jung dedicaron buena parte de sus vidas a intentar responder a esto. La conclusión es que estos relatos funcionan como mapas de nuestro propio viaje vital. Son representaciones simbólicas de cómo maduramos.

Cuando el héroe de una de estas historias entra en el bosque oscuro, está realizando un descenso hacia su propio inconsciente. Tiene que enfrentarse a sus sombras, pelear contra sus demonios internos (que toman la forma de lobos, brujas o padrastros crueles) para poder renacer transformado. Nadie sale del bosque siendo la misma persona que entró.

Perrault empaquetó este viaje iniciático en cuentos muy breves, casi como píldoras concentradas de sabiduría popular. Nos dijo a la cara: el mundo te va a mentir, la curiosidad te pondrá en peligro y el hambre te empujará a cometer actos terribles. Pese a esa visión tan cruda, también dejó espacio para la redención. Nos enseñó que el ingenio puede derrotar a la fuerza bruta (como Pulgarcito engañando al gigante) y que la perseverancia tiene recompensa.

Escribir en las sombras: la lección para la fantasía

Cuando me siento en mi escritorio a las tres de la madrugada, con el silencio absoluto de la casa pesando sobre mis hombros, pienso muchísimo en estas estructuras. Escribir fantasía épica no consiste en inventar nombres llenos de apóstrofes ni en dibujar mapas con montañas en los bordes del pergamino. Ojalá fuera un trabajo tan superficial. Escribir fantasía consiste en usar un lenguaje cargado de símbolos para hablar de lo que verdaderamente nos rompe por dentro.

En mis propias novelas, cuando describo la crueldad absoluta de los hechiceros en las tierras desoladas de Vélakor, no estoy hablando únicamente de magia corrupta. Intento capturar ese mismo pánico a la intemperie, esa misma vulnerabilidad de la que hablaba el escritor francés. La fantasía funciona como un cristal de aumento, un espejo trucado que nos devuelve el reflejo exacto de nuestras debilidades.

Los elementos que manejamos a diario los autores del género (el objeto de poder, el héroe que no quiere serlo, la bestia en la cueva) beben directamente de esa fuente primaria. La lección más grande que podemos extraer de todo esto es que la magia siempre cobra un peaje altísimo y que los bosques nunca te garantizan un camino seguro. Mi trabajo, mi obligación como escritor, es agarrar esos miedos antiguos y darles un escenario inmenso, un mundo complejo donde los dilemas morales puedan estallar con toda su violencia.

Si a una novela de espadas y conjuros le extirpas el dolor, el miedo a la muerte o la lucha agónica por sobrevivir, te quedas con un escaparate vacío. Los grandes tiranos oscuros de la literatura fantástica contemporánea son herederos directos del lobo feroz. Son la representación del poder ejercido sin compasión.

La reivindicación de lo asombroso en un mundo gris

Mucha gente me pregunta con cierta condescendencia por qué escribo historias de dragones y magia, como si la imaginación fuera una enfermedad infantil que se cura leyendo el periódico. Cuando escucho eso, sonrío y recuerdo a los clásicos. La realidad diaria es aplastante, rutinaria y, demasiadas veces, profundamente injusta. La literatura fantástica, enraizada en esa tradición oral que salvó Perrault, nos rescata de la apatía devolviéndonos el sentido de lo asombroso.

Nos permite explorar conflictos éticos brutales sin que nos condicione la política actual. Nos deja hablar del bien, del mal, del sacrificio y de la cobardía con una intensidad emocional que el realismo costumbrista casi nunca soporta.

Aquel académico de Versalles miró a su alrededor, escuchó los lamentos de los que no tenían voz y comprendió que la única manera de colar verdades horribles en los salones de los poderosos era disfrazándolas de cuentos para dormir. Usó la narrativa maravillosa como un caballo de Troya impecable. Yo aspiro exactamente a lo mismo. Mi reto es usar la épica, el acero y lo sobrenatural para meterte en la cabeza una pequeña dosis de verdad humana mientras tú crees que simplemente estás pasando el rato.

Seamos francos: el mundo no es tan distinto al del siglo diecisiete. Hemos cambiado los caballos por motores y las cartas lacradas por mensajes en una pantalla, pero el miedo a que nos abandonen, la avaricia desmedida y el terror a la soledad siguen intactos. Seguimos necesitando desesperadamente que alguien nos cuente una historia para darle sentido al caos que nos rodea.

Así que te propongo algo. La próxima vez que abras un libro de fantasía, o la próxima vez que te levantes a oscuras a por un vaso de agua y sientas ese frío repentino en la nuca, acuérdate de las viejas historias. Los monstruos existen, claro que sí. A veces no viven en los bosques oscuros; a veces, duermen a nuestro lado.

Me encantaría saber si sientes algo parecido cuando te sumerges en una buena historia épica. Si te apetece seguir explorando este tipo de reflexiones, si quieres ver de primera mano cómo aplico estos conceptos en mis propias novelas y enterarte antes que nadie de lo que estoy tramando, apúntate a mi lista de correo. Cero autobombo vacío, te lo prometo. Solo hablemos de fantasía, del oficio de escribir y de los demonios que todos compartimos. Te espero al otro lado del pergamino.

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Te interesará saber...

¿Quién fue realmente Charles Perrault?

Fue un escritor, burócrata y académico francés del siglo XVII, reconocido universalmente por recopilar, pulir y otorgar forma literaria a los crudos cuentos populares de transmisión oral mediante su célebre libro Cuentos de mamá ganso.

¿Cuáles son los relatos más conocidos de Charles Perrault?

Entre sus obras más influyentes se encuentran «Caperucita Roja», «El Gato con Botas», «Cenicienta», «Barbazul», «La Bella Durmiente del Bosque» y «Pulgarcito».

¿Qué enseña el cuento original de Barbazul?

Representa una dura alegoría sobre el control patriarcal absoluto, la violencia intrafamiliar y el trauma de descubrir la maldad en el propio hogar, castigando simultáneamente el deseo de conocimiento.

¿Qué relación existe entre Charles Perrault y la fantasía épica moderna?

Perrault consolidó el catálogo de arquetipos narrativos (el monstruo oculto, el bosque amenazante, el protagonista vulnerable) que los escritores contemporáneos de fantasía épica utilizan para dotar de profundidad emocional y conflicto a sus sistemas mágicos y universos inventados.

¿Por qué los cuentos de hadas son importantes para la psicología?

Expertos en psicoanálisis y psicología analítica sostienen que estos relatos operan como herramientas del subconsciente. Representan simbólicamente los traumas, el proceso de individuación y el enfrentamiento necesario con las propias sombras internas.

¿Cómo terminaba originalmente Caperucita Roja?

En el texto publicado en mil seiscientos noventa y siete no existe la figura del cazador redentor. El lobo devora a la protagonista, emitiendo una moraleja directa sobre el peligro letal de confiar en extraños con apariencia amable.

¿Dónde y cuándo nació Charles Perrault?

Charles Perrault llegó al mundo el doce de enero de mil seiscientos veintiocho en la ciudad de París, Francia. Nació en el seno de una familia burguesa muy bien posicionada, un entorno de absoluto privilegio que le sirvió de puente perfecto para rescatar el folclore más cruel del pueblo llano y convertirlo en literatura para la corte del Rey Sol.

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