Tiempo de lectura: 33 minutos

Darma acepta su misión

Capítulo 1. Los hermanos se reúnen

Darma no sabía durante cuánto tiempo aguantaría la humillación. Dos motivos le enfurecían: la naturalidad con la que su hermano Procellis le molestaba y su capacidad de volar.

Cuando veía las alas irisadas de Procellis, anticipaba la siguiente oleada de sufrimiento y le daban ganas de maldecir, pero se mordía la lengua. Su hermano mayor surcaba el cielo como un colibrí en busca de néctar mientras se acercaba y alejaba dándole golpes donde menos lo esperaba con la punta de sus largos dedos.

Aprovechó un momento en el que Procellis perseguía a unas águilas para mirar alrededor mientras caminaba: las piedras de los acantilados se retiraban en favor de la arena. Una brisa alborotó sus cabellos y trajo consigo la sal del océano, que parecía estar esperando a los dioses. Estaban a punto de salir de las montañas y descender al nivel del mar, así que aceleró.

Al ser primera hora, la penumbra dominaba el cielo. Darma observaba cómo los cabellos de Kyros emitían destellos fulgentes, análogos al faro más luminoso. Los cabellos níveos de Darma no podían competir con los de su hermano; imposible olvidarse de que era el dios de la luz. Al no hacer el recorrido habitual por el cielo, el mundo de Ferantir parecía echar de menos su sol. Eclipse, lo llamaban los mortales; Kyros, descanso breve debido al exceso de trabajo.

Los labios de Darma estaban relajados, aunque pensaba en las próximas horas. No pudo evitar que el vello de los brazos se le erizara, aunque fuera un dios. Ser el pequeño de una familia pesaba como una losa, y daba igual ser mortal o inmortal. Estos pensamientos le distrajeron, así que no atenuó la embestida de Procellis por la espalda y, a pesar del rubor de sus mejillas, soltó una carcajada nerviosa cuando este le clavó los dedos en el costado.

Darma inspiró lentamente mientras repetía «cálmate». Salir corriendo no era una opción; debía aceptar la situación y adaptarse. Las tácticas mentales no dieron fruto: a los dos minutos, la paciencia se le agotó. Abrió la boca, pero, antes mandar a Procellis de paseo al inframundo, su hermano cambió de parecer a mitad de quiebro. Nunca dejaba de sorprender a Darma la capacidad de su hermano mayor de cambiar de opinión en menos de una milésima de segundo. Ahora se dedicaba a incordiar al resto de sus hermanos.

Se preguntaba por qué la mayoría de ellos elegía aparentar unos cuarenta años. Nunca lo había hablado con ninguno; le parecía una pregunta muy íntima. Él prefería aparentar treinta, mientras que Procellis era el caso más extremo: solía moverse en torno a los veinte.

No desaprovechó la ocasión; se paró un momento y tomó aire. Si fuera un mortal, estaría sudando: una ventaja de ser un dios consistía en controlar la fisiología en el cuerpo, y ante un concilio necesitaba recurrir a todas sus estrategias y poderes para mantener las apariencias. Reanudó la marcha.

A Darma no le gustaban los concilios porque siempre se sentía apartado, marginado; sus hermanos apenas le dirigían la palabra. A menudo pensaba que desempeñaba el papel de florero: se quedaba quieto y sus hermanos se acercaban de vez en cuando a mirarle, incluso intercambiaban cuatro palabras con él. Le parecía una pedantería llamar concilio a una reunión familiar anual, por mucho que cada año rotasen de casa.

Darma perdió el hilo de sus pensamientos al dejar atrás las rocas de los acantilados mientras el sonido de las olas que chocaban contra la arena le daba la bienvenida. Sus hermanos y él habían descendido sobre una playa, donde esperaba un barco para transportarlos al palacio submarino de Jelani, ya que este año el concilio se celebraría en su casa. Las normas del anfitrión solían ser estrictas: la tradición primaba sobre la razón.

Al girar un recodo, encontró la barcaza con un espíritu marino que esperaba en el timón. El ser aguardaba en silencio, aunque le llamó la atención el leve temblor de su barbilla. Cuando llegó Darma, todavía faltaban Procellis, que se habría vuelto a entretener con cualquier nimiedad, y los mellizos que estarían discutiendo, como siempre.

Los gritos de los mellizos quebraron la tranquilidad de la playa. Darma identificó maldiciones contra Procellis y, a los pocos segundos, aparecieron empapados. El resto de los dioses se mordieron los labios e incluso Darma se pellizcó el brazo.

Los ojos verdes de la melliza echaban chispas mientras lanzaba rayos esmeraldas con su vara contra el dios aéreo, aunque este era demasiado rápido y esquivaba todas las ráfagas. Darma se fijó en que Procellis no prestaba atención al mellizo ni a su encantamiento. Las alas de Procellis dejaron de moverse y cayó sin gracia en el océano.

Con un semblante neutro, los mellizos subieron a la barcaza.

Darma carraspeó con fuerza.

—¡Uy! Es verdad, se me había olvidado —dijo el mellizo mientras movía la mano con desdén. A los pocos segundos, Procellis emergió tosiendo, dio dos aleteos y aterrizó mientras plegaba las alas, de un color gris como reflejo de su humor.

Darma se alegró de no pertenecer al intrincado juego de poder que practicaban sus hermanos. Sería un verso suelto y se burlarían de vez en cuando, pero no cargaba con preocupaciones ni debía demostrar nada.

El espíritu marino giró el timón y la barcaza se movió, incrementando la velocidad hasta viajar tan rápido que el paisaje se convirtió en un borrón de colores indefinidos salpicados con la espuma de las olas.

Capítulo 2: Los dioses primordiales presentan la misión

Llegaron a un arrecife que pronto se convirtió en una isla con corales semejantes a árboles. El dominio de Jelani. La mansión era subacuática, aunque contaba con una parte emergida para recibir a las visitas. Darma se agobiaba, igual que sus hermanos, con el frío y la oscuridad de la parte sumergida.

Según se acercaban al embarcadero, vieron cómo Jelani esperaba igual de quieto que sus corales. Se apoyaba en su lanza mientras el viento agitaba su barba. Darma envidiaba la tranquilidad que transmitía su hermano. Una ráfaga salobre azotó el rostro de los dioses cuando Jelani alzó la palma extendida.

Darma abrió la boca para saludar, pero había tanta sal en el aire que no pudo evitar un estornudo; los demás siguieron su ejemplo. Un leve sonrojo surgió en la cara del anfitrión y las olas parecieron detenerse unos segundos.

—Por favor, dejadme que os ayude a bajar —dijo Jelani.

Se acercó a la barcaza y ayudó primero a las diosas. Darma fue el último en desembarcar.

—He pensado que estaremos más cómodos en el salón del último piso —dijo el anfitrión mientras señalaba arriba.

Una vez dentro de la mansión, el hermano más joven pensó que los tapices parecían olas: se movían igual, incluso salpicaban, provocándole piel de gallina, y la espuma manchaba su nariz de sal. Los corales repartidos entre los tapices poseían tantas tonalidades de verde que le recordaban al césped. Las pequeñas ventanas eran similares a las de un barco humano; a lo mejor por eso había medusas fosforescentes a intervalos regulares dando una luz morada, que parecía caldear los fríos pasillos.

No tardaron más de cinco minutos en cruzar y subir las escaleras hasta su destino. El salón, más luminoso que el piso inferior, tenía las ventanas abiertas, y los dioses dieron un suspiro cuando el viento del norte trajo el recuerdo del desierto. Se sentaron en sillas de algas doradas, de la dureza de una roca y el tacto de la seda.

Darma se preguntó si los rumores acerca de las equivocaciones de Baru serían ciertos, y si papá y mamá estarían contentos. Una de las ventajas de ser ignorado consistía en escuchar conversaciones sin que le prestaran atención. Creyó entender que no había «civilizado» las guerras entre hombres tras cinco años de intentos.

—Hermanos, bienvenidos al concilio —dijo Jelani cuando los dioses se sentaron mientras él permanecía de pie—. Gracias por vuestra asistencia, quería…

Un trueno, más poderoso incluso que los fabricados por Procellis, retumbó por la estancia. Una cara enorme se perfiló sobre el aire de una esquina en la que pronto se delinearon una barba y unos cabellos mediante nubes mientras dos estrellitas aparecían a la altura de los ojos.

En la esquina opuesta, se extendió el olor de la tierra mojada tras la lluvia, de la arena seca del desierto y del cálido barro. Creció con lentitud desde el suelo una mezcla de polvo que se aceleró para crear una silueta femenina con cabellos de guijarros y dos amatistas en la cara.

Darma sonrió cuando sus padres se manifestaron; no solían asistir a los concilios. «La merinla está completa», pensó. Nadie recordaba a quién se le había ocurrido la palabra, pero la utilizaban para referirse a la reunión de todos los dioses, incluidos sus padres. «Merinla» sonaba tan única cuando se pronunciaba que le gustaba.

Se levantaron antes de hincar la rodilla e inclinar la cabeza.

—Hijos míos —dijo Unnalar—, vuestra madre y yo hemos decidido intervenir en este concilio: tenemos una misión para Darma y esperamos que acepte.

Trece cabezas se giraron hacia el aludido y un leve rubor se extendió por sus mejillas antes de que los hermanos se levantaran del suelo.

—Creemos que asignamos una tarea demasiado grande a un solo dios —continuó Gaia—, y, por eso, Baru no está siendo eficiente. Los mortales son totalmente impredecibles.

—Siento no satisfacer vuestro encargo —dijo Baru sin levantar la mirada—. Cuando entro en las batallas, me dominan unas ansias de sangre que soy incapaz de contener. Creo que me contagio de los deseos de los mortales.

—No te estamos reprendiendo, hijo. Solo queremos ayudarte…

—No seas modesto —interrumpió Procellis con una sonrisa—. Taimi tiene la culpa tras arruinar las cosechas a los mortales y que los pobrecitos no tuvieran ni una semilla de maíz que llevarse a la boca. A lo mejor eso fue el detonante de las guerras…

—¡Si los hombres hubieran respetado mis plantas, no se habrían muerto de hambre! —gritó Taimi—. He confesado, ¿estás satisfecho?

—Calma, hijos míos —dijo Unnalar.

«Asdis realizó un trabajo sin esmero cuando creó a los hombres: vienen con demasiados defectos, entre ellos la cantidad de comida necesaria para subsistir. Supongo que ahora le echará la culpa a Procellis por añadir su magia en el resultado final, como si eso exculpara sus fallos», pensó Darma mientras ponía cara de circunstancias.

—Procellis, cómo puedes ser… —dijo Asdis con los ojos entrecerrados.

—¡Basta ya de discusiones! —gritó Gaia.

El dios de las tormentas encogió las alas, Asdis bajó la mirada y Taimi frunció los labios.

—Como decía —dijo la diosa primordial—, nos preocupan los efectos del hombre sobre Ferantir. No están civilizados ni son conscientes del mal que producen a su paso. Las acciones de los mortales repercuten sobre la flora, fauna y el entorno que los rodea.

»Cuando aceptamos la propuesta de Asdis, supimos que se necesitarían muchos años para culminar esta obra.

»Los humanos necesitan un correctivo y una lección que les inculque sensatez para que sean conscientes de sus actos. Es un lienzo inacabado que requiere las últimas pinceladas.

»Darma implementará un orden estable y duradero para contrarrestar su volubilidad y falta de educación. Es hora de que conozcan los límites.

Se calló y miró a su marido.

—Para ello, cambiaremos de estrategia: en vez de dictar nosotros las pautas generales, lo dejaremos en manos de Darma —dijo Unnalar—. Él decidirá, bajo nuestra supervisión, lo necesario para imponer orden frente al caos que reina entre los mortales, incluso si afecta a vuestros dominios.

—¡Eso es injusto! —gritó Taimi.

—Es curioso que tú, hija mía, protestes. Si los mortales empezaron estas guerras salvajes, se debe en buena parte a ti.

—Ellos no trataron bien a…

—El pasado es el pasado. Acepta las consecuencias de tus actos como hacemos nosotros.

Taimi cerró los labios, mordiéndose los carrillos.

Una sensación, parecida a soportar el peso del mundo, surgió en Darma al instante. La carga era demasiado pesada y crecía por momentos; no estaba preparado para una noticia así. Los labios apretados, cejas fruncidas y miradas cargadas de envidia de sus hermanos tampoco le ayudaban. Se había acostumbrado a ser un espíritu libre entre los dioses, y pocos humanos le dedicaban plegarias cuando acudían a rezar a los templos. En el fondo, reconocía que todavía no sabía quién era.

Al ser el último hermano, había llegado al mundo cuando las tareas ya estaban asignadas y los demás ocupaban una jerarquía. Darma reconocía que no siempre estaba clara, pero la diosa de la magia, el de las tormentas, el de los océanos, la de la naturaleza y la de la muerte eran los candidatos al primer puesto, tras sus padres, entre los hombres.

En cierta manera, envidiaba ese orden establecido y la notoriedad que aparejaba. Ahora, estaba metido en una situación que no solo le obligaba a pelear para ser el centro de atención, sino a alcanzar un lugar prominente.

El más joven de los dioses inclinó el tronco antes de arrodillarse en silencio, respetando los rituales de sumisión y aceptación. Agradeció esconder el rostro.

—En consideración a lo dicho, se retrasa el concilio una semana; así Darma dispondrá de tiempo para trazar un plan —dijo Gaia.

Los dioses primordiales se dirigieron una sonrisa; se despidieron de sus hijos antes de desaparecer.

—Tras la petición de nuestros padres, os espero dentro de una semana —dijo Jelani con voz pausada.

No había terminado de pronunciar la última sílaba cuando Darma se disculpó y corrió afuera más deprisa que un moribundo perseguido por Tánatis. El crescendo de los gritos de sus hermanos generaban una cacofonía imposible de descifrar, aunque la mente de Darma no prestaba atención. Las medusas de las paredes se sucedían una tras otra. Él recordaba las palabras de sus padres en bucle, la misión encomendada y el compromiso que había adquirido.Al llegar al muelle, sin importarle no tener los poderes asombrosos de los mellizos o el vuelo de Procellis, se lanzó al agua y nadó lo más rápido posible, sin mirar atrás, como si fuera un mortal más.

Capítulo 3. Darma recibe un consejo fraternal

El goteo lejano y uniforme en algún lugar de la cueva era la única compañía de Darma, que permanecía sentado con la espalda apoyada en la pared y las rodillas en alto.

«Papá y mamá no dejan nada al azar. Como dioses creadores, lo saben todo», reflexionaba Darma. Habían movido ficha, no había duda, pero no atisbaba a ver el motivo. Ojalá tuviera una visión global del universo. Se sentía como el tonto del pueblo, en mitad de las manipulaciones paternas y fraternas durante una partida de un juego llamado «gobierno de Ferantir».

Amaba a su familia, pero no su forma de entretenerse. Meditaba acerca del motivo real para la creación de los hombres por parte de Asdis y Procellis. Él sospechaba que se había debido al aburrimiento de sus hermanos con las tareas asignadas por sus padres. Es más, hasta la creación de los humanos, Asdis los incordiaba demasiado por lo que decían sus hermanos, aunque al final había encontrado su sitio en Ferantir.

Así rompieron con la monotonía, pero luego resultó un foco de tensiones. Darma intentaba ponerse en la piel de un humano, aunque no llegaba a ninguna conclusión. «A lo mejor contar con una vida tan corta influye en su comportamiento, y así hacen perder el tiempo a los dioses», razonó mientras apoyaba un dedo sobre la barbilla.

No le había gustado recibir tanta atención durante el concilio. Se había prometido que, al llegar el momento de asumir responsabilidades, ya se habría mentalizado. No estaba preparado, era demasiado pronto.

—Sagrados dioses primordiales, ¿qué voy a hacer? —se preguntó Darma en voz alta.

Cada gota que caía parecía escucharse más alto y Darma movía con más rapidez el pie contra el suelo. Maldijo, movió el brazo en dirección a la gota y se hizo el silencio. Lanzó un suspiro.

—Vaya, por fin te encuentro —dijo una voz femenina.

Darma se giró, descubrió a Aydin y enderezó la espalda contra la pared.

—¿Qué haces aquí?

—Actuar como la diosa de la sabiduría y asesorar a un hermano perdido en las tinieblas de la ignorancia —dijo con una sonrisa felina.

—¿Actuando o regodeándote de una desgracia ajena?

—Un concepto tan bajo de tu propia hermana, Darma, no es saludable. ¿Por qué no has jugado en nuestra liga? ¿Por qué te has apartado de dioses y hombres? Nosotros hemos respetado tu decisión, pero mamá y papá te obligarán a meterte de lleno en el juego. Si quieres, puedo ayudarte a…

—No me puedo fiar de tus palabras. ¿Acaso no es posible que busques tu propio beneficio? Es más, ya que nos sinceramos, ¿por qué no os tomáis en serio vuestras responsabilidades? En ocasiones me parece que no os importan los mortales. Sois unos hipócritas…

Darma se calló al comprender que podía haber llegado demasiado lejos. Alzó las rodillas todavía más y puso la cara entre ellas mientras se abrazaba.

El sonido de unos guijarros fue el único aviso antes de que una mano cálida tocara su hombro. Alzó la cabeza y se encontró con los ojos acuosos de Aydin.

—Tus palabras me han dolido más de lo que crees, Darma. Nadie, ni siquiera nuestros padres, está en posesión de la verdad absoluta. Tienes razón: no somos perfectos, pero no es motivo suficiente para dañar de forma gratuita. El ignorante afirma, el sabio duda y reflexiona.

—Yo solo…

—Está claro que todavía no quieres recibir ayuda, hermanito, seguramente debido a que estás asimilando todo. Respetaré tus deseos —dijo Aydin con el rostro lleno de lágrimas. Desapareció con un sonido semejante al de unas campanillas mecidas por el viento.

Darma apretó los labios y volvió a dejar la cabeza sobre las rodillas. «Debería haber reflexionado antes de hablar», pensó. Permaneció media hora en la misma postura, hasta que se levantó más deprisa que cualquier mortal. Puso cara de concentración, como si se rezara a sí mismo, y a los pocos segundos una túnica antigua y descolorida con capucha cubrió su ropa escarlata. Cuando salió de la cueva, parpadeó mientras la luz del mediodía impactaba contra su cara, y deseó que el disfraz le ocultara el tiempo suficiente de Kyros: era demasiado cotilla y el resto de sus hermanos se enterarían enseguida. Se puso la capucha.

Se movió persiguiendo a su sombra mientras avanzaba con paso firme sobre el terreno lleno de piedras y lomas bajas que permitían observar kilómetros a la redonda. El viento fresco del sur le indicaba que no se encontraba lejos de la frontera oriental del imperio cesannio. Darma disfrutaba con el silencio: sin pájaros ni mortales ni molestos hermanos. Le ayudaba a dar el siguiente movimiento.

Capítulo 4. Los hombres y Darma

Darma caminó a una velocidad que un hombre calificaría como extraordinaria mientras las ideas pugnaban por ser la elegida. Ni se fijó en la presencia cada vez mayor de brezos y helechos frente a la ausencia de hierbas altas, ni tampoco en la bienvenida de abedules y robles que se fueron agrupando en bosques.

Tras una ráfaga de viento con un toque a vino de higos y gachas de trigo, salió de su batalla mental. A juzgar por el olor, se encontraba a las afueras de alguna ciudad cesannia; a lo mejor se trataba de Caralis, dedujo al ver las murallas desconchadas y los petos oxidados de los legionarios. Para ser una ciudad fronteriza con Tiribol, parecía que le preocupaba poco una invasión de su vecino oriental.

Una vez atravesadas las puertas, los vozarrones de los mercaderes se oían por encima de los improperios de los transeúntes obligados a apartarse de la calle para evitar ser aplastados por el paso de los carros. Observó cómo niños patricios recibían clases dadas por esclavos en una escuela con vistas a la calle principal. No se lo explicaba, pero los niños no apartaban la vista de los profesores, aunque a lo mejor influían los moratones, visibles en los brazos de algunos.

Le chocó encontrar orden en el aula frente al caos de los alrededores. ¿Cómo podían vivir así los hombres? ¿Les gustaba o, simplemente, no aspiraban a más? ¿Era posible que necesitaran ayuda para encontrar el camino adecuado? En su opinión, existía un número demasiado elevado de comportamientos diferentes. Deberían contar con unas normas más homogéneas para evitar conflictos.

Sonrió cuando se dio cuenta de que pasaba desapercibido entre los mortales. Así, siguió concentrado en examinar un funcionamiento que no terminaba de comprender: se alisaban las túnicas o se colocaban más o menos anillos y collares cuando se aproximaba un comerciante, aristócrata o senador local. ¿Por qué lo hacían? Había algo que se le escapaba.

Se detuvo a escuchar una conversación entre un mercader orondo y un senador local.

—No conseguiréis túnicas para los empleados de la limpieza de más alta calidad —dijo el comerciante mientras sostenía una prenda deshilachada por las puntas—. Además, contáis con un suplemento especial para vuestras necesidades inherentes al cargo.

Los labios del político se alzaron creando un amago de sonrisa.

—¿Y de cuánto estamos hablando? Lo pregunto por el bienestar de los trabajadores.

Darma se desentendió de los mortales y prosiguió su avance con un pronunciado ceño. Dejó atrás los mármoles de los edificios por el ladrillo desnudo. Otra diferencia llamó la atención del dios: se oían risas infantiles por la calle. Se giró hacia el origen y se encontró con varios chiquillos jugando a algo que solo ellos podían entender. «Imaginación no les falta», pensó con una sonrisa.

Una anciana con la piel tostada y ajada sostenía a un bebé y una botella pequeña de cristal llena de leche mientras estaba sentada en un escalón del portal más cercano a los críos. Uno de los chiquillos se cayó, se raspó la pierna y se acercó cojeando con lágrimas en los ojos.

—¡Avi, avi! Ayúdame. Me duele mucho.

La anciana suspiró antes de responder.

—Eres un trasto que no sabes cuándo parar, Modius. Sujeta al pequeño mientras voy a por una venda —dijo antes de poner la leche con suavidad en el escalón.

El niño cogió al bebé con los brazos extendidos, seguramente para no escuchar de cerca sus llantos. La anciana salió poco después acompañada por unos trapos que habían visto tiempos mejores y una jarra de cerámica con un fuerte olor a vinagre, que provocó un estornudo en Darma. Ella dejó al bebé en el suelo, cogió con fuerza una pierna del chiquillo y con la otra vertió el líquido por el arañazo. Tras chillar con todas sus fuerzas, el niño se relajó cuando la anciana limpió y secó la herida; después, ordenó al crío sentarse y le revolvió el pelo con una sonrisa.

El chiquillo solo aguantó un minuto hasta que musitó «Gracias, avi», se levantó y volvió junto a sus amigos. La anciana meneó la cabeza y retomó la alimentación del bebé, que había empezado a llorar de nuevo desde el suelo.

Darma alzó las cejas cuando terminó la escena. Lanzó un áureo de oro a la anciana y se retiró antes de que esta pudiera abrir la boca.

Capítulo 5. La espada es la solución

Los hombres sorprendían una y otra vez a Darma. ¿Cómo podían llegar a tales extremos? Les daba igual navegar por aguas tranquilas que turbulentas. Visto lo visto, ¿sería capaz de asumir la tarea impuesta por sus padres? Es más, ¿merecían los mortales ser salvados de sí mismos? ¿Aceptarían un orden uniforme para todos?

Su paso por la ciudad cesannia no le había ayudado a aclarar las ideas. Los mortales eran demasiado caóticos y con comportamientos impredecibles. Le asaltó una duda: «¿Qué querían papá y mamá realmente adjudicándome esta misión?».

Cuanto más pensaba acerca del lío en el que se encontraba, más se enredaba el nudo. Necesitaba una pista para llegar a una solución. Aceleró el ritmo hasta dejar de oír gritos y relinchos y oler las verduras pasadas o charcos estancados de Caralis.

Una vez fuera, se volvió a concentrar en el problema. Si sus padres le habían pedido orden, debía ser lo más ortodoxo e imparcial posible. Si la anciana había conseguido domar durante un momento al chiquillo, había esperanza.

Era imprescindible una fuerza independiente de reyes, magos, clérigos y campesinos para que todos tuvieran las mismas oportunidades y derechos. Aunque claro, eso era una utopía: los hombres solo entendían el lenguaje de las espadas.

Se sentó bajo la sombra de un árbol solitario, recordando que hacía unos cincuenta años los árboles ocupaban todo el terreno alrededor de la ciudad pero los ciudadanos habían talado bastantes. La «sugerencia» de Taimi de respetar el lado sur de la ciudad había sido un antes y después. Recordó cómo se puso cuando se enteró de que los mortales pretendían reducir su tamaño. Mejor olvidar ese episodio. Su hermana se tomaba demasiado en serio las plantas, como diosa de la naturaleza.

Kyros no tardaría mucho en detectarle, pero no le importaba; además, ya las sombras eran más alargadas, y se cubrió bien el rostro con la capucha. Cerró los ojos, cruzó las piernas y juntó los pulgares e índices como había visto hacer a Baru cuando meditaba, para mantener la paz. Lo necesitaba bastante a menudo. Dio las gracias por la ausencia de ruidos y olores.

Una brisa llegó por detrás, provocando que la capucha le hiciera cosquillas en el cabello, pero ignoró la obra de Procellis. Se cansaría de él en cinco minutos yendo en busca de otra víctima: confiaba en la repetición de patrones de su hermano.

«¿Cuáles son los deseos ocultos de papá y mamá? ¿Seré capaz de no caer en la trampa mientras realizo la misión satisfactoriamente? ¿Qué tipo de dios deseo ser para los mortales?».

Ya bastaba de preguntas tormentosas que no conducían a ningún sitio, se dijo. Los mortales no buscaban un sistema basado en la verdad ni el respeto, además de ser caóticos. Ante eso solo valdría el orden acompañado de la fuerza. Le venía el recuerdo de la historia de los mortales: solo los dirigentes con puño de hierro amansaban al pueblo. ¿Para qué complicarse más la vida? Si los hombres eran así de simples, debería conformarse con eso. Dejó caer los hombros.

La solución no podía ser tan simple. Ahora bien, ¿cuál era el mejor método para cumplir con su misión? Conseguir un fuerte respaldo para imponer las decisiones y acotar el errático comportamiento de los hombres era esencial. El orden debía servirse de una justicia sin ataduras ni coacciones; en caso contrario, sería como un perro sin dientes.

La justicia necesitaría un ejército de humanos razonables que solo se inclinasen ante el poder de la ley. No, se corrigió, no un ejército, sino algo más sutil e independiente, aunque debía conocer la lucha cuerpo a cuerpo y las armas en caso de necesidad.

Según pensaba en esta idea, más le gustaba: imponer unos códigos iguales para todos, sin importar la cuna o la nación, que fueran impuestos por… «¿Cómo se podría llamar este grupo armado que no es un ejército?», se preguntó Darma.

Sí, claro. ¿Por qué no? Necesitaba a unos «guardianes» para custodiar la ley. Así, el orden se transformaría de un perro vagabundo y anciano a uno joven con dientes afilados.

Hablando de soldados… Estos portaban armas para asegurar su defensa, y qué mejor que una espada para salvaguardar el interés de la justicia. Como los hombres solo entendían el lenguaje del metal, este sería su símbolo.

¿Y quién conocía mejor las armas? Necesitaba ver a Lekan cuanto antes. Le encargaría una espada digna de representar al orden. Conociéndole como lo hacía, lo más probable era que se encontrara en su taller o en alguna fiesta humana. Se decantó por la última opción. Ahora bien, ¿dónde podría ir? «Si mal no recuerdo, ahora son las fiestas en honor de mamá en Tiribol, así que empezaré allí».

Se levantó, dio unos pasos y se detuvo. Maldijo la falta de un sistema de transporte rápido como el de sus hermanos. Ahora le interesaba ir deprisa para volver al concilio a tiempo.

Los pelillos de la nuca se le pusieron de punta. Aguardó quieto y concentrado, hasta detectar un movimiento en el aire, se apartó en el último momento mientras alzaba la mano izquierda y consiguió agarrar un ala irisada.

—¡Déjame! ¡Eres muy malo! —gritó Procellis cuando se hizo visible.

—¿Querías derribarme y yo soy el malo?

—Solo quería divertirme.

—Te soltaré con la condición de que me transportes hasta Lorkisol.

—¿Para qué quieres ir a la otra punta del mundo? Los tiriboles son aburridos.

—Para ti todos son aburridos.

Procellis frunció el ceño.

—A lo mejor tienes parte de razón.

—Llévame, por favor.

—¿Cómo lo hago si no me sueltas el ala?

Darma se acopló a la espalda de su hermano antes de soltar el ala.

—Te juro que me bajaré cuando lleguemos a Lorkisol.

Las alas de Procellis bajaron mustias con un toque gris ante la respuesta, pero se movieron a toda velocidad. Recorrieron en veinte minutos los mil doscientos kilómetros que separaban Caralis de Lorkisol, viajando en dirección noreste.

Darma, fiel a su palabra, se dejó caer, y Procellis soltó una pedorreta antes de desaparecer más rápido de lo que su hermano hubiera creído posible.

Capítulo 6. Lekan recibe una visita

Darma se alisó la túnica y se atusó los cabellos, aunque no se molestó en ponerse otro disfraz. Con toda probabilidad, Kyros ya habría dicho a media merinla dónde se encontraba.

Le dio la sensación de que el bosque perdía la batalla contra la sabana tiribola en esas latitudes. Enderezó los hombros y serenó el rostro antes del encuentro con Lekan mientras un pensamiento se imponía: estaba dispuesto a conseguir la espada, y no aceptaría un «no» por respuesta. Cumplir con la misión estaba por encima de todo.

Si sus padres querían orden y justicia, eso obtendrían. Sería inflexible como el metal y duro como la roca hasta conseguir la meta. Ferantir tendría sentido pleno cuando los hombres obedecieran a los guardianes, y estos, las leyes.

Salió de sus pensamientos y extendió los sentidos divinos para localizar a su hermano. Cuando no detectó nada, chirrió los dientes y apretó los puños. «Maldito Lekan: amante de las juergas y el alcohol», pensó el dios. ¿Dónde puñetas se había escondido el condenado?

Le vino a la cabeza la ciudad de Dreskigem, situada aún más al oeste. Era más pequeña e inocente.

Al no contar con transporte, debía pensar deprisa y correr aún más. Rezar era imposible, así que volvió apretar los dientes, preparándose para correr como nunca antes. Las piernas, al empezar la carrera, protestaron.

La luz vespertina fue dejando paso a la tranquilidad de la noche. El sudor del dios, que ya no podía controlar, fue extendiéndose por la piel hasta que formó una máscara transparente, y la respiración rápida y entrecortada se convirtió en un jadeo constante.

Las colinas quedaron atrás y una llanura se tragó el horizonte mientras el ocaso terminaba. Darma reflexionó acerca del trabajo de su hermano: «Kyros sale cada noche con el pelo embadurnado con la arcilla de mamá para permitir el descanso a los seres vivos. Es un rollo realizar el mismo recorrido día y noche, pero siempre alardea de tener los cabellos más sedosos entre los hermanos».

Un lamento surgía de vez cuando desde su tripa, pero el dios lo ignoró. Continuó y continuó.

La noche se fundió con el amanecer, y este con el crepúsculo hasta salir las estrellas de nuevo. A medianoche atisbó los contornos de Dreskigem. Las antorchas repartidas a lo largo de la ciudad destacaban como un oasis en el desierto. Darma se derrumbó al contemplar esta imagen.

Unos cinco minutos después, se alzó, aunque las rodillas le temblaban y los jadeos continuaban. Medio anduvo, medio se arrastró hacia un arroyo cercano. Se puso de rodillas, metió las manos en el agua y tragó tan rápido como pudo.

Se aseó. Tras un giro de muñeca, se vistió con una túnica lisa de color marrón. Inspiró un par de veces y caminó a paso normal para recorrer los cientos de metros que le separaban de los límites de la ciudad.

Pronto escuchó tambores y cantos parecidos a los de Lorkisol: no iban a la par, pero los habitantes parecían pasárselo en grande. Se sentó en un callejón, alejado de las principales celebraciones, y trató de localizar a Lekan. Una sonrisa asomó en sus labios.

De repente, se callaron los tambores y voces: el silencio dominó la ciudad. Se asomó a través del callejón y vio a los mortales en procesión silenciosa; incluso los niños iban tranquilos, cogidos de la mano de sus padres.

Lo único que no lo convertía en un entierro, en opinión de Darma, era la arcilla pintada sobre los rostros con tintes tradicionales tiriboles, desde el marrón apagado hasta el ocre vivo.

Darma llegó al templo de Gaia, construido solo con tierra, unida gracias a los conjuros de los magos tiriboles; el edificio parecía estar mustio con desconchones y grietas mal reparadas. Entró por una puerta secundaria situada en un lateral del templo para acceder al altar y detectó la presencia que buscaba con ansia.

A pesar de encontrarse cerca de la meta, Darma todavía dudaba si lo localizaría: Lekan se había disfrazado a conciencia frente a hombres y dioses. Confió en la suerte cuando empezó un rastreo exhaustivo del templo desde la parte oriental hasta el lado opuesto para terminar en el altar mayor.

Clérigos, autoridades y civiles se mezclaban como una ensalada sin aliño. La arcilla se desprendía de los rostros y Darma pisaba los restos mientras hacía malabarismos para no tropezar.

En la parte interior del altar, entre sombras, se encontraba su hermano. Esos ojos de color ámbar eran inconfundibles, por no mencionar la bolsa mágica colgada del hombro a pesar del disfraz de clérigo. Su sonrisa ladina contrastaba con los ademanes pausados y las palabras solemnes que retumbaban por las paredes. Darma reconoció la desfachatez de Lekan al terminar de quitar el carácter sacro de la fiesta en honor a su madre con una simple sonrisa.

—Hermano.

—Darma, ¡cuánto tiempo sin verte! ¿Cómo te va? ¿Preparado para tu nuevo sino?

—De eso quería hablar contigo. Ya tengo claro lo que necesito para cumplir con mi misión: hazme una espada, por favor.

—Querrás decir forja una espada.

—Lo que sea.

—¿Cómo la quieres? Decías…

—¡Solo necesito una espada! Es la clave para que todo funcione —dijo el hermano menor mientras alzaba los brazos.

—Me refería a que seas más específico. ¿Para portarla con una mano o ambas? ¿Un filo o dos? Esas cosillas menores que requieren las espadas antes de ser forjadas.

Darma apretó tanto las mandíbulas que la cara se le puso blanca. Ahora descubría el motivo por el cual Lekan no había puesto inconvenientes. Asimismo, sospechaba acerca del verdadero motivo de la sonrisa al verle por primera vez: no era para molestar a mamá, sino porque ya se imaginaba la escena con él.

—No sé. Todas son iguales para mí.

Darma se dio una bofetada mental. Más munición para el ego de su hermano.

Lekan abrió la boca de forma exagerada antes de responder.

—Me defraudas mucho, hermano. Es más, lo considero como un insulto a mi persona. ¿Cómo pretendes que te forje un arma si no sabes las características? Las espadas son tan íntimas e inteligentes como una mujer; es más, existe una única para cada persona.

—Solo…

—Insisto: una espada es algo muy personal. Es la compañera sin la cual no sales vivo del campo de batalla. Las características de tu propia arma no las puedo saber yo ni nadie más; solo tú.

Las mejillas de Darma se tiñeron de rosa.

—Como me das penita, te dejo un vino especial. Cuando estés preparado, bébelo a mi salud y así sabré que ya te has decidido —dijo Lekan mientras le tendía una pequeña ánfora sellada que había sacado de su bolsa sin fondo.

Antes de que Darma pudiera insistir, su hermano se escabulló. Se quedó con ganas de preguntarle las analogías con las mujeres y la fidelidad. Le parecía chocante porque Lekan era propenso a tontear con las féminas, tanto diosas como mortales. El hermano menor maldijo su suerte y decidió marcharse para rumiar su desgracia en soledad.

Capítulo 7. Reflexiones de un dios

Darma caminaba de un lado a otro en la linde del bosque situado a poco más de un kilómetro de Dreskigem. La noche dejaba paso a un alba que parecía no querer aclarar el cielo. Contaba cincuenta pasos antes de volver, así una y otra vez. Farfullaba tan deprisa que solo se le entendían algunas palabras como «padre», «madre», «hermanos», «Lekan» o «espada».

Iba tan concentrado que no se fijó en una piedra suelta antes de pisarla, perdió la estabilidad y, a pesar de su equilibrio innato, cayó cuan largo era. No sufrió dolor, pero sí vergüenza. Esto le recordó su inutilidad como dios: ni siquiera era capaz de caminar sin tropezar.

Él se encontraba a gusto sin responsabilidades ni preocupaciones, pero ahora sus padres ordenaban que asumiera una gran tarea, incluso superior a la de sus hermanos. ¿Cómo se podía manejar a los mortales? ¿Y a sus hermanos? ¿Entenderían la situación cuando implementara un orden basado en un sistema justo respaldado por la fuerza? ¿Se dejarían guiar hacia el buen camino? ¿Por qué los hombres solo entendían el lenguaje de las armas?

Se acordó de los errores previos de sus hermanos debidos a la improvisación, dejadez o aburrimiento. Cambiaban de criterio con demasiada frecuencia, pero él mantendría siempre la misma opinión. El cambio había demostrado ser ineficaz.

Sus pensamientos giraron en torno al reto de ser mejor que sus hermanos. Triunfar donde ellos habían fracasado. «¡Por fin obtendré el reconocimiento de papá y mamá!», pensó mientras sonreía.

Estaba perdido en sus cavilaciones cuando una voz interrumpió el hilo de sus argumentos. Se giró y se encontró con una mujer. De forma inconsciente, calculó en cincuenta años su edad y se fijó en la espalda doblada bajo un gran haz de leña. No prestó más atención a la humana mientras volvía a recrearse imaginándose hasta dónde podría llegar.

—¿Os encontráis bien? Desde lejos me pareció… —La mujer se interrumpió, tragó y guardó unos segundos de silencio—. Sagrado Darma, siento no haberos reconocido desde lejos —dijo mientras tocaba la tierra con la rodilla y soltaba la carga.

La mujer mantuvo la postura con un ligero temblor sobre los hombros. El dios inspiró hondo, salió de su deleite y cerró los ojos antes de extender la mano, indicando que se alzara. Durante treinta segundos reinó el silencio.

—¿Qué hacéis aquí sola tan temprano? ¿Acaso no habéis participado en las celebraciones?

—Mis hijos son lo primero: si pa’ que tengan la tripa llena, necesito buscar leña pa’ venderla, no se hable más. Mis deberes los tengo más claros que el agua —dijo alzando los hombros.

Darma alzó las cejas y puso el dedo índice en su barbilla a la vez que se daba toquecitos.

—¿Entonces os perdéis celebraciones y pasáis la noche sin dormir por ellos?

—Sí, pos claro —dijo con la mirada alta.

—¿No tenéis a nadie más que os ayude?

—Soy viuda. La vida no m’a trata’o bien, pero eso no me impide hacer lo correcto. ¿Sin reglas, qué nos queda?

—¿Cómo sois capaz de cumplir en estas condiciones a pesar de todo?

—Debemos seguir pa’lante, ¿no? Da igual ser rey o aldeano, cada uno tiene sus problemas. Los poderosos estarán acompañados por ejércitos, pero, en verdad, están solos. Que uno sea más fuerte no implica más facilidades pa’ sobrellevar la vida. Nos enfrentamos a nuestras dificultades; nuestra personalida’ decidirá el camino a seguir.

La mujer inspiró al ver que el dios seguía sin mirarla.

—A’ra, si me disculpáis, vuelvo con mis hijos —dijo mientras hacía una reverencia. Sin esperar respuesta, cogió el haz de leña y se marchó con pasos temblorosos.

A Darma se le escapó un silbido por la impresión que le había causado la señora. ¿Cómo podía ser que una simple mujer se mantuviera firme y no se rindiera cuando la situación era tan difícil? ¿Por qué no rendirse? Estaba impresionado.

No solo con ella, sino también con el resto de los mortales. A pesar de sus deficiencias y su cortedad de miras, podían llegar a extremos inimaginables.

La rectitud que mostraba la señora era digna de admiración. Podía haberse dedicado a robar o prostituirse, incluso a matar, pero no se había rendido a las adversidades, reflexionó el dios. Admiraba ese carácter y fortaleza de espíritu. Entonces tuvo una revelación.

Los mortales eran débiles de espíritu, muy pocos eran dignos de merecer su atención, por lo que era necesario implementar con firmeza una educación, al igual que lo hacía la señora. La fuerza bruta no servía de nada: era necesario moldear las mentes de los hombres en la dirección correcta.

Como había dicho la mujer, por un lado, había poderosos y, por otro, oprimidos. Esto se solucionaría si todos tuvieran las mismas oportunidades y derechos dentro de cada estrato social. No se podía cambiar todo de la noche a la mañana; debía ir poco a poco. Debía actuar con un rol firme y paternalista con el objetivo de alcanzar una paz eterna.

El orden necesitaba de una justicia eficaz, implacable e inmutable que tuviera el respaldo de una fuerza armada e independiente; así se garantizaría su cumplimiento. «Se acabó ser un hermano pequeño indeciso y bobo».

Por fin sabía las respuestas sobre la espada gracias a la mujer. Cogió el ánfora que le había dado Lekan y la vació de un trago mientras los primeros rayos de Kyros asomaban por el horizonte.

Capítulo 8. Darma elige una espada

Darma subía y bajaba la punta de la bota de cuero contra el musgo, ya más polvo que planta, a la misma velocidad que respiraba. Se volvió a alisar la túnica escarlata mientras entrecerraba los ojos. Hacía quince minutos de la llamada a su hermano y la paciencia se le estaba acabando.

Cuando pusiera en funcionamiento el orden, se aseguraría de que la puntualidad se tuviera en cuenta. Era una falta de respeto hacer perder el tiempo de los demás.

—¡Qué rápido te has decidido, querido hermano! —gritó Lekan por detrás de Darma, y este se llevó las manos al pecho.

—¡Idiota!

—Tampoco hay que ponerse así. Solo te avisaba de mi llegada porque parecías ausente —dijo Lekan mientras rebuscada en su túnica de trabajo con multitud de bolsillos y partes chamuscadas.

—Podrías hacerlo sin gritar —dijo Darma con los ojos como rendijas.

—Me preocupaba que no me oyeras —dijo Lekan con los brazos en alto.

—Vamos al grano, si no te importa.

El dios de las fiestas intentó decir algo, pero Darma alzó el índice.

—Quiero una espada equilibrada para que represente la ecuanimidad, con doble filo, capaz de cortar cualquier material, para representar la severidad, la empuñadura de una mano para representar que está al alcance de todos, y sin florituras, demostrando que no esconde nada.

Lekan aplaudió.

—¡Fantástico! Pensaba que no me gustaría tu decisión, pero tu cabecita me ha sorprendido.

—Además, la espada no dañará a aquellos que cumplan con las leyes, es decir, a los inocentes.

El dios de la artesanía dio un paso atrás.

—¡Quieto ahí, león! No todo es tan sencillo. Yo tendría mucho cuidado para no dañar accidentalmente a un mortal. Si matas a un inocente, será culpa tuya. Es complicadísimo enseñar al metal a reconocer la esencia divina. ¡Como para añadir a la ecuación a un inocente! Además, ¿cómo se pondría en práctica? ¿Cómo definirías sin ambages ni equivocaciones a un inocente? Y ya te digo de antemano que la espada no dañará a dioses: quedaría muy feo y mamá no me lo permitiría.

Darma asintió mientras apretaba los puños.

—Supongo que tanta prisa estará relacionada con el concilio, ¿verdad? —dijo el dios de la artesanía.

—Supones bien.

—Entonces es de justicia, si se me permite usar la palabra, un plus por el factor tiempo.

—Eres mi hermano y es el primer favor que te pido.

—Todavía te falta mucho por aprender de cómo funciona Ferantir y la merinla. Funcionamos a base de favores, por si no te habías dado cuenta. El oro no reluce mucho con los dioses, ¿verdad?

Darma se mordió los labios: había confiado en la buena voluntad de su hermano además de darle munición contra él.

—¿Y qué quieres?

—Ahora no tienes mucho con lo que negociar, pero asumirás una gran responsabilidad con el orden ese. Me devolverás un favor proporcional en el futuro.

El hermano menor volvió a callarse.

—Nos hacemos favores unos a otros continuamente aunque no quieras entrar en el juego. Es ahora o nunca.

Darma entrelazó con rapidez los dedos, pero seguía sin contestar. Una ráfaga de viento trajo los olores de las acacias. Lekan inspiró hondo.

—No te preocupes: juro que no pediré más del valor del encargo. Ni más ni menos, para ser justos. ¿Te parece bien?

El dios más joven pensó que el momento de entrar en el juego era este. Había empezado fatal, pero mejoraría con el tiempo; la idea de ser mejor que sus hermanos le cautivó.

—Trato hecho —dijo Darma con una sonrisa sin patas de gallo mientras extendía la mano, que estrechó Lekan.

—Estupendo. Pues, si me disculpas, la forja me espera.

El dios del comercio cogió una moneda de un bolsillo, la frotó con brío y desapareció.

Como había insinuado Lekan, era ahora o nunca; él no solo quería participar en el juego, sino ser el mejor. Los errores cometidos hacía cinco minutos en la negociación con su hermano no volverían a repetirse. Aprendería y escalaría poco a poco hasta lograr su objetivo.

Darma se preguntaba cuándo alcanzaría ese nivel de seguridad en el juego del poder, pero antes o después sobrepasaría a sus hermanos. Se les había acabado el monopolio de los favores.

La decisión que habían adoptado sus padres no le agradaba, pero no renunciaría a su misión como hicieron otros. Al fin y al cabo, un hijo debía obedecer a sus padres, ¿verdad?

Se juró a sí mismo no tener piedad con mortales ni hermanos; sería implacable. Solo sería fiel al orden y a sus padres. Sería el mejor de sus hijos.

Se alisó la túnica, enderezó los hombros y caminó rumbo al sur. Pensaba llegar al concilio por sus propios medios. Todavía no había perdido toda la dignidad.

Para pensar el siguiente paso, se concentró en el aroma que desprendían las acacias tras abandonar el pequeño bosque. Los sonidos de la naturaleza parecían calmarle los nervios: barritos de elefantes o relinchos de cebras e, incluso, algún rugido triunfal de león.

Por más vueltas que le diera, no comprendía el motivo por el cual sus padres le habían asignado esta tarea: apaciguar e impedir el exceso desmesurado de los hombres. Llegaba siempre a la misma conclusión: «Mamá y papá no confiaban en los demás».

Si era así, deseaba con todas sus fuerzas no fallar. Confiaba en la idea que germinaba para implementar una paz universal y eterna. Controlar a los mortales era la prioridad.

Ojalá tuviera la paciencia de Jelani o la creatividad de Asdis. Ellos habían encontrado su lugar en Ferantir. «¿Cómo sería aceptar tu sitio y vivir sin esas preocupaciones?». Meneó la cabeza y continuó con premura hacia el este.

Capítulo 9. Se reanuda el concilio

Durante el paso por Tiribol, intercaló el caminar con correr hasta llegar al estrecho de Uski, situado a mil cuatrocientos cincuenta kilómetros al oeste y frontera oriental. El paisaje monótono no le agradaba a Darma: estaba hasta el gorro de ver una y otra vez las misma hierbas, acacias, baobabs y dragos en distintas posiciones, aunque le vino bien para evitar distracciones. Así pulió los detalles de la presentación de su misión en el concilio.

Una vez en el estrecho, cruzó a nado hasta llegar a terra incognita, una región vedada a los mortales. «Y con buenos motivos», pensó el dios al contemplarla.

Darma iba tan concentrado en no mirar que casi pasó de largo el embarcadero. Había llegado con tiempo de sobra: ni siquiera aguardaba la lancha con el espíritu marino. Enseguida se empezó a mover de un lado al otro contando los pasos antes de ir en sentido contrario. Murmuraba y entrelazaba las manos de tal forma que se le quedaron blancas. De repente se detuvo en seco mientras alzaba la cabeza, buscando en todas direcciones.

Unos guijarros chocaron entre sí y se giró en busca de la fuente del sonido. El pelo cobrizo de Lekan asomó por un peñasco, y después apareció el rostro con una sonrisa engañosa. Darma se enderezó, con el pie derecho dando golpecitos contra el suelo hasta que no se contuvo más.

—¿Y bien?

—No entiendo —respondió Lekan torciendo más la sonrisa.

—Ya sabes de qué estoy hablando.

—Necesito oír a qué te refieres… Para evitar malentendidos.

Si las miradas dieran palizas, la de Darma habría roto muchos huesos del cuerpo a su hermano.

—Por favor, ¿serías tan amable en tu infinita maestría de entregarme la espada de una puñetera vez? Porque la tienes, ¿verdad?

—Eso ya es otra cosa, querido hermano —dijo el dios de los artesanos mientras extraía el arma de su bolsa—. He estado trabajando en ella día y noche dejando de lado otras obligaciones, por lo que espero…

La atención de Darma no se centraba en las palabras de Lekan: sus ojos no se movían del halo níveo que envolvía la espada. Sin ser apenas consciente, asió el arma donde la empuñadura encajaba a la perfección con su mano. Cuando la levantó, no se esperaba que fuera tan liviana y casi saltó un ojo a Lekan.

Apenas había terminado de disculparse cuando una sensación desconocida se extendió desde la espada a la mano y, de esta, al resto del cuerpo. Le parecía como si papá y mamá estuvieran alabándole por primera vez; es más, era capaz de vislumbrar el potencial del orden sobre todo Ferantir. «Cada animal, planta, mortal y dios se entremezclarán formando el cuadro definitivo», pensó con una sonrisa.

Vio cómo el orden gobernaría sobre inmortales y hombres. No buscaba un mismo código para todos, sino unos mínimos que garantizaran una armonía, con el fin de que las diferentes culturas y naciones vivieran en paz con él como el director de una orquesta. Con el paso del tiempo, esos mínimos impedirían guerras e injusticias, terminando en un único gobierno en Ferantir, dependiendo de él para todos los tiempos.

Un ruido contra el embarcadero anunció la llegada de la lancha; sin querer, dejó caer el arma y la visión se terminó.

—¿Qué te ha parecido la espada?

—No tengo palabras para describirla.

—Es una descripción acertada, ya que empleé una estrella caída del firmamento y está recubierta por la arcilla de mamá.

—¿Una estrella?

—Como lo oyes. Lo reservaba para una ocasión especial como esta. No hay material más fuerte, flexible y liviano, aunque ha merecido la pena al ser tu primer favor y todo eso.

—Sí, Lekan —dijo Darma mientras recogía la espada, aunque dejó de prestarle atención cuando su mano se volvió a posar sobre ella.

El dios de las fiestas no añadió más ante la llegada del resto de hermanos, aunque Darma no sabía si había sido el azar o habían quedado con anterioridad. Tras un escueto saludo, embarcaron en el bote rumbo al palacio submarino de Jelani.

Una vez en el salón, con ritos y chanzas cumplidos, se reanudó el concilio. Los dioses primordiales hicieron acto de presencia nada más empezar. El dios de los océanos dio la bienvenida a sus padres.

—Hijo mío, ¿has tenido tiempo para pensar sobre tu misión? —preguntó Unnalar.

Darma se levantó y cuadró los hombros.

—Padres, hermanos —dijo con los brazos abiertos mientras pensaba acerca de lo absurdo de no poder decir «papá» y «mamá» en las ocasiones solemnes—. Lo primero de todo, quiero agradecer la confianza mostrada por padre y madre hacia mi persona. Cualquier tarea asignada a uno de nosotros es un reto, y máxime esta en concreto, que acepto con humildad. Como se dijo con acierto hace una semana, lo hecho, hecho está, y debemos continuar adelante, aunque aprendiendo de los errores pasados.

El dios tomó aire.

—Para lograr el objetivo planteado por padre y madre, he paseado estos días entre los mortales; he reflexionado largo y tendido. La conclusión a la que llego se resume en que los hombres son muy volubles. Es más, llegan a extremos buenos y malos, algunas veces difíciles de imaginar. Para evitar esto, se les deben poner unos límites claros con el objetivo de que no sean sobrepasados, por su propia seguridad.

Darma se rascó la perilla mientras veía asentimientos.

—Para un funcionamiento correcto del orden, se necesita una justicia que implemente dichos límites. A su vez, la justicia requiere de unos códigos comunes para las naciones de Ferantir respetando la idiosincrasia de cada pueblo. Las leyes serán inmutables, proporcionales y ecuánimes cuando estén plenamente asentadas. Lo anterior no es suficiente debido a la irracionalidad de los hombres, que son como un burro cuando no quiere moverse. Por eso las leyes deben ser protegidas por la fuerza, el único idioma comprendido por cualquier mortal. Esto hace necesario un ejército de guardianes de la ley capaces de ejecutar, implementar y proteger la ley. Basándome en ello, he elegido como símbolo de mi tarea una espada que salvaguarde el orden y la justicia.

Alzó la espada con la mano izquierda.

—Contemplad a Boroda, la espada de la justicia, un recordatorio permanente de que solo existe un camino recto.

Darma bajó el brazo y detalló cómo sería el cuerpo de los guardianes de la ley para garantizar su neutralidad e independencia. Su discurso se separó de sus pensamientos: se vio por encima de los mortales bajo su gobierno recto e, incluso, por encima de sus hermanos. No solo jugaría según sus reglas: sería el mejor y el dios más poderoso. ¿No querían orden? Pues se iban a enterar; estaba cansado de ser el blanco de sus burlas; el dios más débil tomaría aquello de lo que le habían privado durante decenios. Los murmullos de su familia le sacaron de su ensoñación y volvió al presente.

—… así que pienso que es lo mejor para alcanzar una armonía entre dioses y hombres. Los hombres tendrán un ancla firme e incorruptible a lo largo de los siglos donde aferrarse en los momentos de oscuridad. Será inamovible frente a las interferencias y enemistades.

Una brisa marina revolvió la túnica y cabellos de Darma. Aprovechó para dejar la espada sobre la mesa. Se le había olvidado soltarla.

—¿Estás seguro, hijo mío, de tus conclusiones? —preguntó Gaia mientras un leve tic se asomaba en el ojo derecho pero surgió una sonrisa igual de rápida—. El desarrollo de este plan te llevará años.

Darma asintió.

—Que así sea entonces —dijeron Unnalar y su esposa a la vez.

El concilio siguió su curso: los dioses hablaron y hablaron dando su opinión y voto sobre el orden del día previsto antes de la llegada de los dioses primordiales. Darma tocaba de forma inconsciente la espada, que le respondía con un halo níveo. En tanto, escuchaba las conversaciones a medias, ya que su cabeza deseaba implementar el orden de una forma elegante y rápida lo antes posible. Perfilaba los encantamientos necesarios para mejorar a Boroda: más fuerte a medida que más y más guardianes de la ley se unieran a sus filas e implementaran una justicia universal. No le importaba el aviso de Lekan sobre la dificultad de educarla; él encontraría la manera.

Cuando Jelani anunció que el concilio había terminado, Darma dio un respingo, aunque lo camufló con una sonrisa. Sus padres, fieles a su costumbre, se marcharon sin florituras; tocaba despedirse de sus hermanos lo antes posible. Deseaba poner en marcha sus planes. Un toque de Aydin en el hombro arruinó sus intenciones.

—¿Estás seguro de que comprendes los riesgos de realizar tu tarea?

—¿Estás celosa?

—Claro que no. Me preocupo por ti, como deberías saber, aunque ni siquiera te has disculpado por cómo me has tratado —dijo la diosa de la sabiduría con los ojos acuosos.

—¿Te has metido con mi hermana y no te has disculpado? —preguntó Asdis con los ojos entornados mientras aparecía de repente—. ¿No te das cuenta de que es la diosa de la sabiduría? Sus consejos valen su peso en favores y los desprecias con alegría. Ella será más indulgente, pero te advierto que no la fastidies y cumplas con tu trabajo —dijo señalándole con el dedo.

—Tranquila, hermana —dijo Darma con los brazos en alto—. Me disculpo con Aydin por mi falta de tacto. Sé de tus buenas intenciones

—Sí —dijo la diosa de la sabiduría en susurros y con los hombros hundidos.

Asdis puso las manos sobre los hombros de Aydin mientras se retiraban. Darma no perdió más tiempo pensando en sus hermanas. Salió de la mansión, juntó las yemas de los dedos y miró al horizonte, perdido en sus pensamientos sin disfrutar de las vistas del embarcadero de Jelani.

La aceptación de la misión le había permitido descubrir su lugar en Ferantir. Se había cansado de ser el hermano pequeño y marginado; ahora se convertiría en alguien a tener en cuenta entre dioses y mortales. «Papá y mamá han recapacitado sobre mi posición dentro de la familia; se han dado cuenta de su error y quieren enmendarlo. No solo traeré una concordia duradera con puño de hierro, sino que se hablará de mí por los siglos de los siglos».

Un futuro repleto de promesas le aguardaba, se dijo mientras embarcaba. Una ráfaga de viento alborotó sus cabellos, pero no le importó: una etapa en su vida había finalizado y la siguiente empezaba. Siempre había obedecido. Ahora le tocaba asumir el papel que le correspondía y mandar.

Deja tu comentario

Política de Comentarios de Santi Limonche

Responsable: Santiago Limonche | Finalidad: Gestión de comentarios | Legitimación: Tu consentimiento.

  1. Santiago

    Nuevamente te comento tocayo: eres un gran escritor. Es muy interesante como sugieres que para la irracionalidad humana, es necesario de un «ALGO» superior que imparta justicia ecuánime. Bravo. Esperando a ver alguna novela tuya en librerías.

  2. Santiago

    Me encanta que en este escrito de ficción, resaltes tanto la importancia de los valores, como cuando describes las características de la espada. Si los humanos queremos entrar en un nuevo orden mental, de consciencia superior, probablemente la llave de acceso a este nuevo orden, sea a través de los grandes y universales valores. Bravo tocayo.

1 5 6